Blogia

Xosé Lois García

Isidre Nonell, pintor de los marginados

Xosé Lois García
Rebelión

Cuando los pueblos indagan para reconocer a aquellos creadores de arte o de literatura que han incidido en revelar, denunciar y crear conciencia entre los marginados, de sus paupérrimas situaciones, está la burguesía como clase dominante, tratando de ocultar e imponer oscurantismo a cualquier atisbo emancipador y tratando de ignorar, degradar e interrumpir excepcionales obras de arte y despreciar a sus creadores.

Isidre Nonell (Barcelona, (1872-1911) fue uno de los grandes, entre los grandes pintores del modernismo catalán de finales del siglo XIX y principios del XX. Pero también uno de los grandes asediados y repudiados por la burguesía de aquella Barcelona de los grandes procesos del cambio estructural urbano, como la destrucción de las murallas medievales, la construcción del Ensanche, de la Sagrada Familia y de los grandes palacios modernistas. La burguesía comercial, financiera y nacionalista, en su auge de progreso individual y potenciando marginación colectiva entre los trabajadores.

En aquella Barcelona convulsiva, donde la lucha de clases tenía una exhibición en varios escenarios de pobreza, la conciencia anarquista y socialista se ampliaba en la confrontación contra los poderes fácticos. En esta situación, en la calle Sant Pere més Baix, número 38, en la plenitud marginal del Barrio Gótico, nacía el 30 de noviembre de 1872, Isidre Nonell. Desde este horizonte de marginalidad hace estudios primarios en la escuela de su barrio y coincide con Joaquim Mir, otro de los grandes de la pintura de la modernidad catalana, de aquí accede a la Escola de Belles Arts. En 1891 presenta una pintura en la Primera Exposició General de Belles Arts de Barcelona, se trataba de un patio marginal, que pasó desapercibida para los compradores y marchantes de la burguesía. Desde aquí, despega su enorme aventura creativa, sirviéndose de los ambientes de su barrio, donde la gente pobre y los marginados eran los escogidos para imponer denuncia social por medio de sus pinturas. Sus creaciones pictóricas nos revelan, en su más incisiva desnudez, varios tipos de situaciones y de calamidades que soportaba aquella Barcelona deprimente de finales de siglo.

Era un período en que Nonell ampliaba su relación con los grandes pintores del modernismo y creaba debate sobre la conveniencia de que la pintura ejerciese una posición de denuncia social frente a situaciones de supervivencia. Ahí están esos dibujos que recrean a un proletariado subsidiario y emergente de las desigualdades que provocaba aquella burguesía que negaba la realidad expuesta por Nonell en sus cuadros. Este portento de esclarecer la vida marginal, tuvo continua presencia en todos sus períodos pictóricos. En muchos de esos dibujos en negro, se constata cierto vínculo con los dibujos y críticas de Goya, al mismo tiempo consolida esas figuras populares desgarradoras y víctimas de los malos gobiernos de aquella España “de charanga y pandereta”. Pero Nonell codificó las diferentes visualizaciones de “la otra España la que huele a caña, tabaco y brea”.

La idea firme e inseparable de aquellas impresiones que al joven pintor le habían conmovido, trató de ampliarlas en su memorial pictórico. En 1897 viaja a París y permanece durante un año, trabaja, expone y visita los museos parisinos. Su presencia en París fortalece ese sentimiento que tenía por lo cotidiano. La buena crítica francesa no reparó en elogiar su impresionismo y la rotunda modernidad de una pintura resueltamente comprometida, fue considerada como la que Goya ofreció sobre aquella España de sátrapas e inquisidores. La útil estadía de Nonell en París le amplia conocimientos sobre la buena pintura que observa en el Louvre. Boticcelli, Tiziano y Velázquez son referentes de la excelente modulación de exponer personajes donde se exaltan las dos clases en litigio permanente, reyes y nobles por un lado y vasallos por otro. Nonell captó estas dos diferencias a las que él venía personalizando en sus dibujos. De regreso a Barcelona multiplica sus contactos con los grandes pintores y retratistas, y expone sus dibujos en la sala “Els Quatre Gats”. La crónica de arte le coloca como el pintor que modela los rostros opacos y olvidados que palpitan por el tejido urbano del Barrio Gótico barcelonés. Las exposiciones continúan, las críticas favorables también, no así las ventas que estaban acondicionadas, talvez, al boicot de la burguesía. Algunos coleccionistas con ideas claras, sobre la situación tormentosa por las que pasaba la España de finales de siglo, tuvieron conciencia de que Isidre Nonell, marcaba una época en la pintura catalana y un exponente social relevante en sus cuadros.

Los dibujos de Nonell nos resultan un flagelo contra las clases pudientes y explotadoras de serviles y desamparados. Ahí están los exponentes de aquella sociedad y sus contradicciones, en esas figuras de mujeres y hombres famélicos y andrajosos frente a personajes de holgadas grasas cubiertas de lucientes trajes y chisteras. Dos símbolos reiteradamente presentes en sus dibujos, en los que se visualiza una época y sus frecuencias de lucha de clases.

En 1894 comienza en “La Vanguardia” a publicar “Tipos populares Barceloneses”, y a finales de este año publica su famoso dibujo, “Un pobre de la Boqueria”, que le sirve como base de su beligerancia en defensa de diversos perfiles de pobreza que aterraban Barcelona. Sus dibujos, además de constatar la imagen de aquella realidad sangrante, llevaban un pie de imprenta incidiendo en el tema tratado, o bien en un diálogo entre los personajes representados. La caracterización de estos personajes populares fue acogida con gran interés por el público. Sus colaboraciones tuvieron impacto en periódicos y revistas de la época, como “L’Esquella de la Torratxa”, “Almanac de la Campana de Gràcia”, “La Saeta”, “Barcelona Cómica”, “Almanaque del Madrid Cómico”, “Quatre Gats”, “Album Salón”, “Arte Joven”, “Pel & Ploma”, “Catalunya Artística”, “El Liberal”, “Ilustració Catalana”, “Joventut”, “La Publicidad”, “Forma” y “Papitu”.

Ésta última revista tenía un carácter humorístico satírico fundada por el dibujante, Feliu Elias en 1908. Fue un exponente cultural y dialéctico de la izquierda catalanista que tuvo el valor de enfrentarse a la todopoderosa revista satírica burguesa, “¡Cu-cut!” vinculada y defensora de la conservadora “Lliga Regionalista”. Fue en “Papitu” onde Isidre Nonell publicó sus caricaturas durante un corto período de tiempo, pero muy intenso en la crítica social, desde 1909 hasta su muerte en 1911. En estos dibujos se manifiesta lo tétrico de aquellas situaciones de mendigos, obreros sin trabajo o mal pagados, niños mal alimentados, mujeres vendiendo pájaros y pidiendo caridad en la puerta de las iglesias; hileras de pobres de solemnidad aguardando la sopa y otras tantas modalidades de pobreza que se manifiestan en su larga proyección pictórica.

La s excelencias de su obra prima residen en los óleos que representan la plenitud compositiva y ocupan un temario clave en la denuncia social, teniendo como modelo de sus obras a mujeres gitanas. El gitanismo en la obra de Nonell se prioriza desde dos elementos fundamentales, como clase marginada por una sociedad que la vino decapitando desde la famosa Pragmática de los Reyes Católicos, promulgada en Medina del Campo en 1499. Esta decretal decía textualmente: “Mandamos a los egipcianos que andan vagando por nuestros reinos y señoríos con sus mujeres e hijos, (...) salgan de nuestros reinos y no vuelvan a ellos en manera alguna, so pena de que si en ellos fueren hallados o tomados sin oficios o sin señores juntos, pasados los dichos días, que den a cada uno cien azotes por la primera vez, y los destierren perpetuamente destos reinos; y por la segunda vez, que les corten las orejas, y estén sesenta días en las cadenas, y los tornen a desterrar, como dicho es, y por la tercera vez, que sean cautivos de los que los tomasen por toda la vida”.

Esa Pragmática marca el inicio de una represión desatada contra la etnia gitana que se repetirá constantemente hasta nuestros días. Con razón señalaba George Borrow, predicador protestante que visitó España entre 1835 y 1840, en su libro, “La Biblia en España”: “Quizás no haya un país en el que se hayan hecho más leyes con miras de suprimir y extinguir el nombre, la raza y el modo de vivir de los gitanos como en España”. Las intentonas de extinción de los gitanos españoles por decreto, materializó aberrantes y sanguinarias persecuciones y múltiples represiones que los llevaron a numerosas marginalidades y dependencias sociales. Eses rostros cautivos que aparecen en los cuadros de Isidre Nonell, corroboran las palabras de Borrow. Rostros vencidos y aterrados, cuyo perfil cromático destaca las pacientes miradas cabizbajas que reflejan una fuerza interior que el pintor supo captar.

Isidre Nonell cultivó un escenario dialéctico entorno a la pobreza y escogió a unos personajes singulares e idóneos para relatar y esclarecer, por un lado, la marginación de los gitanos que transitaban todo el perímetro del Barrio Gótico barcelonés y eran menosprecios por ser del gueto de la miseria. Por otro lado, Nonell incide en preponderar el grado xenófobo que la sociedad que le tocó vivir tenía contra los gitanos, con esa carga histórica y depredadora que los prejuzgaba. Ahí están todas esas modalidades de rasgos faciales, resueltamente expresivos, donde el pintor los recrea formal y cromáticamente, dando preferencia a los colores negro, marrón y ocre. Muchas veces eses rostros están insinuados con transparente luminosidad, donde el desgarro de desamparo social y racista potencia indignación y fomenta solidaridad.

Con estos rasgos, atributos deleznados por la burguesía y otras clases sociales, el pintor presenta a los gitanos como imperativo de las contradicciones de lo que palpita en lo antisocial. Simples rostros atormentados o volúmenes corporales definen a los gitanos en su más extravertida aversión. Este es el principio economicista por la que se rige la pintura de Nonell, que coincide con la postura de Pablo Picasso, cuando dijo: “La pintura no está para decorar las habitaciones. Es un instrumento de guerra ofensivo y defensivo contra el enemigo”.

Si los tentáculos opresores del pulpo burgués están siempre dispuestos a devorar a sus víctimas, la pintura de Nonell tiene ese don picassiano de instrumentar lo ofensivo y lo defensivo. Las marcas de lucha contra el cefalópodo capitalista están en esas pinceladas que abrevia en su cromatismo, donde las mujeres gitanas tienen su respiro de gloria al no resignarse al destino que les depara. La “Dolores”, entre negro y escarlata mira al suelo: única opción de redimirse no mirando al cielo de los mitos angélicos. Ella no espera el mana de las nubes y si la espiga que produce la tierra que otros le roban. La “Gitana joven”, es otro de los cuadros compuestos en 1903 y expuesto en la Sala Parés y que hoy podemos observar en el MNAC (Museu Nacional d’Art de Catalunya), una representación que respira el pavor humano de una situación social inaplazable. Un manto tenebroso envuelve a la joven gitana que apenas reconocemos su rostro, pero percibimos el peso de esa bestialidad del poder opresor en su enfática metáfora sobre la discriminación de la mujer gitana.

Isidre Nonell fue un pintor que evocó la lucha feminista y el rancio machismo, como cultura de opresión burguesa y mantenida durante siglos por las prédicas de la Iglesia. En esa larga colección de pinturas está la mujer gitana erigida como la gran madonna que protagoniza liberación. Un recurso elemental en la que se integran a todas las mujeres trabajadoras de los bajos fondos del servilismo. Es aquí donde Nonell hace énfasis a los ambientes de la mujer humillada en el trabajo precario, asediada por el analfabetismo y metódicamente discriminada en temas fundamentales que afectan a sus decisiones. Frente a esto, la metáfora no cesa y es transcendida en el pincel de Nonell, como discurso contestatario en lo que concierne a la defensa de la libertad femenina.

Los personajes que él prioriza como denuncia, son aquellos que pasan por la fatídica insolidaridad de las instituciones, como se refleja en el cuadro: “Repatriado de Cuba en el muelle”. Ahí esta ese soldado obligado por el poder militar a defender lo indefendible. O los protagonista populares de la llamada “Semana trágica” de 1909 que se negaron a ir a las guerras de África.

E n su pintura, está presente el espacio mítico de los gitanos irredentos y sedentarios en su propio hábitat, solitario e insalubre, del Somorrostro Barcelonés, en la soledad de la playa. “Las gitanas de Somorrostro”, es una de las acuarelas de Isidre Nonell en que un grupo de gitanas transcienden entre los arenales, con sus rostros encogidos y alejados del “mundanal ruido”. Digamos que Nonell no se ha destacado en la descripción de elementos arquitectónicos de Barcelona, pero si ha prestado atención a las barracas de Somorrostro, destacando esas estructuras de palos y latas, de cobertizos agujereados y seres sentados como efigies petrificadas. Pero en Somorrostro no estaba sólo lo rudimentario de una etnia margina, era la patria grande donde nació Carmen Amaya (1913-1963), la que salió de todos los burladeros del barraquismo a proclamar el arte de su estirpe.

Las barracas de los gitanos y, también, la de los chinos forman parte de esas preferencias en su pintura. El óleo titulado, “Playa de Pequín”, resalta otro de los pequeños enclaves de los barrios marginales de Barcelona, ubicado en la playa de Sant Adrià de Besòs, en la que se instalaron varias familias chinas. Estos espacios nos transmiten un ambiente de pobreza, que se manifiesta en la basura que rodea las barracas. Lo inhóspito, como elemento de censura, también brilla.

En aquellos años próximos a su muerte, aquella burguesía que tanto imploraba y se deleitaba por la modernidad de las artes, no fue capaz de reconocer el valor creativo de Nonell, lo tildó de pintor efímero y de escasa relevancia. Actualmente, la burguesía catalana en el poder institucional de todos los poderes en Cataluña, se ha olvidado de que este año en curso es el centenario de la muerte de Nonell. Un olvido institucional bien calculado para negar al artista mayor que ha codificado la depresión de los pobres como denuncia. Los pobres de solemnidad continúan aún y la denuncia de Isidro Nonell continúa, también, sin renuncia.

Carlos Marighella, en su centenario

He aquí el hombre: Carlos Marighella. E n todas las superficies reivindicativas de un Brasil depredado, donde la miseria formaba parte de esa segregación que impone el dinero en manos de unos pocos, acaparando la plusvalía de millones de seres condenados al suburbio de las degradaciones y de las marginalidades humanas, surgió Marighella.

En un hogar pobre de Salvador de Bahía nac ió Carlos Marighella, el 5 de diciembre de 1911, hijo de un emigrante italiano y de una mujer negra descendiente de los haussás, vieja estirpe de combatientes contra la esclavitud del africano en Brasil. Él tenía ese orgullo de poseer sangre esclava y ser reticente a silenciar esa emanación de lucha que sus genes potenciaban. Pronto admitió esas contradicciones que se daban en un hogar compuesto por un emigrante y por una negra, donde el trabajo era vulnerado por los explotadores de turno.

Así que el adolescente Marighella, pronto usó ese potencial de combate verbal contra los usurpadores del trabajo proletario y contra cualquier manifestación de injusticia social, donde su lucha de supervivencia, con su familia, le facilitaría iniciar tres cursos de ingeniería en una Escuela Técnica de Bahía, es allí, a sus 18 años donde pone en práctica su lucha, contra el sistema clasista educativo de dicha escuela, al mismo tiempo que se hace miembro del Partido Comunista Brasileño.

En este período, se connota en la vida de Marighella el férreo revolucionario; el creador de tácticas y estrategias bajo la beligerancia de su ideario dialéctico. Pero también al poeta de emergencias sociales, siempre puntual en constatar las vivencias del oprimido en esos versos cálidos, tiernos y, también, agresivamente rotundos contra el opresor. Ahí está ese poema, tejido y cultivado como dardo, con certera crítica contra el esbirro, Juracy Magalhães, interventor de la Escuela Técnica de Ingeniería, que en 1932 lo encarcelan por primera vez.

En este período interrumpe sus estudios y se traslada a Rio de Janeiro , y en 1936 es encarcelado de nuevo y torturado, siendo liberado un año más tarde. He aquí los puntos álgidos de la vida de un revolucionario que escala esa frecuencia de valores y, también, busca otros espacios de mayor intensidad donde la lucha obrera es constante y el radio de acción en que él se mueve puede ser menos vulnerable que en otros espacios urbanos. Así que escoge el grande São Paulo, donde la pobreza es más visual y más combativa.

São Paulo será el espacio más álgido para recomponer y organizar el PCB y combatir frontalmente la dictadura de Getúlio Vargas. Las diversas organizaciones revolucionarias sectoriales paulistas contarán con la presencia de Marighella y con una nueva dinámica en las acciones revolucionarias. De nuevo, la dictadura lo apresa, lo tortura y lo confina en la isla de Fernando de Noronha, de 1939 a 1945. En esos 6 años de prisión se afanó en la educación marxista de sus compañeros de penal y, al mismo tiempo, escribiendo temas revolucionarios y poemas combativos. Al final de la dictadura de Getúlio Vargas se abre la esperanza constituyente y en 1946, Carlos Marighella es elegido diputado por el Estado de Bahía. En dos años de diputado, el diario de sesiones constata más de 200 discursos sobre diversas problemáticas de grave incidencia en Brasil. Denunciando casos concretos y aplicando una discursiva nueva y sugerente en el cambio de dirección de aquel Partido Comunista Brasileño, dirigido por Luis Carlos Prestes, que pactó con ciertas políticas del dictador Vargas. La disyuntiva y el descrédito de aquella postura hicieron que Marighella postulase por un nuevo rumbo revolucionario, no solamente en el discurso sino en un combate dirigido por la clase trabajadora. Su obsesión fue la de mantener una beligerancia para crear voluntades y una nueva mentalidad en la expresión de lucha de clases y la de crear condiciones para limitar el clientelismo burgués que mantenía con las clases más deprimidas.

En 1948 el mariscal Eurico Gaspar Dutra, presidente del país, desata una represión brutal contra Marighella que le obliga a refugiarse en la clandestinidad. Esta situación durará hasta su asesinato en São Paulo, el 4 de noviembre de 1969 por la dictadura militar. En esta situación, el dirigente obrero, formula una serie de prioridades políticas excepcionales sobre la situación de la dictadura post getuliana y, sobre todo, por el endeudamiento de Brasil en los años 50 y 60, en que el imperialismo USA impone a los gobiernos brasileños una dependencia a los asuntos que se priorizan desde el Pentágono y la CIA.

En esta situación, Marighella plantea un nuevo rumbo revolucionario con el fin de aplicar contundentes medidas para disuadir las intromisiones norteamericanas. Y la lectura que él hace de la situación, en esas décadas, es de tipo ideológico y recurrente al marxismo, en sus varios aspectos de aplicarlo en los diversos extractos de la sociedad brasileña, sin marginar al clero y a los militares más progresistas y contestatarios contra la dictadura instaurada en 1964, que depuso al presidente de izquierdas, João Goulart, en que los militares golpistas fueron apoyados directamente por los Estados Unidos.

Con el golpe de Est ado militar, Brasil se encontró en un nuevo estadio de relaciones represivas, y se declara a Carlos Marighella el enemigo público más prioritario a combatir. En este período, el dirigente comunista ya está en una fase de pensamiento revolucionario que supera el pensamiento político tradicional del PCB, anclado en el consentimiento de directrices imperialistas. Por tanto, hubo en replanteamiento de las acciones admitidas por Marighella después de ser herido en confrontación con los militares en el barrio carioca de la Tijuca, poco después del golpe de Estado. De nuevo en la prisión, el movimiento proletario brasileño y el movimiento internacionalista por el socialismo propiciaron su libertad. Marighella expuso varios parámetros de la represión en las cárceles y las consecuencias de la falta de garantías constitucionales, así como la represión abierta contra la dirigencia sindical.

En este período, Marighella profundiza en las divergencias que él tiene con el PCB, por la ausencia que tiene en la participación de la lucha por la democracia frente la dictadura. En 1966 expone al Comité Central del PCB su crítica de no participar en una lucha abierta de connotación revolucionaria. Afrontando las disidencias creó la ALN (Ação Libertadora Nacional), que opta resueltamente por el combate guerrillero. La lucha armada, en todas sus beligerancias y consecuencias, tiene para Carlos Marighella un exponente y una expresión de combate y de reclamo histórico en aquellas luchas en que los brasileños se implicaron contra las invasiones francesa y holandesa de su territorio en el siglo XVII y, también, contra los portugueses en su lucha por la independencia.

La fractura de los gobiernos democráticos frente el intervencionismo político norteamericano imponiendo un dictadura sangrienta, fue un referente para Marighela y para otros grupos que optaron por la lucha armada en Latinoamérica. La Revolución cubana estaba presente en todas las instancias de lucha contra los poderes fácticos, que en muchos casos estos grupos emergieron del estado existencial de diversos sectores del pueblo que se encontraron frente al espolio de los poderosos, siempre protegidos por paramilitares.

En este parámetro, el concepto guevarista de abrir varios frentes contra el Imperialismo capitalista, supuso un avance cualitativo en crepúsculos de descontentos que se fueron adhiriendo a la lucha armada. Brasil estaba en otra dimensión, ya no en la dialéctica de los viejos y ambiguos conceptos de la izquierda tradicional, por las circunstancias del poder dictatorial y por las premisas que estaba dando Marighella en aquellas circunstancias.

La muerte del Che y la fragmentación de ciertos grupos frente a los dispositivos dictatoriales ejercidos por varias dictaduras en Latinoamérica, no hicieron recaer en sus objetivos el proyecto de lucha armada urbana de Marighella. Era una experiencia nueva, sin duda, la guerrilla urbana que el propicio en un territorio tan amplio y con tantos resortes de esconderse como las que ofrecía São Paulo, así como otras grandes ciudades brasileñas.

Una de las acciones del ALN de Marighella fue enturbiar el poder dictatorial, con una famosa acción ejecutada el 1º de Mayo de 1968 en la que los obreros asaltan el gobierno y expulsan al gobernadoo paulista Sodré y convierten las conmemoraciones del 1º de Mayo en un acto revolucionario amplio, al que se suman estudiantes y otras clases sociales. Pronto se supo que esta acción estaba coordinada por Marighella.

La s intervenciones guerrilleras dirigidas por Carlos Marighella en 1969, tuvieron una repercusión en todo el mundo, por lo que se refiere al secuestro del embajador de los Estados Unidos en Brasil por integrantes del ALN e intercambiado por 15 presos de este movimiento guerrillero. Pocos meses más tarde, Marighella es asesinado y su grupo le sobrevive hasta 1974.

Si en 2 años de parlamentario ha dejado un sin fin de ponencias legislativas en favor de los pobres, en los 21 años restantes de clandestinidad dejó numerosos escritos teóricos y concluyentes ensayos sobre las diversas y cruciales circunstancias políticas, así como frecuentes alegatos revolucionarios, como el manual guerrillero, titulado: “Minimanual del Guerrillero Urbano”. Que siendo un compendio no lejano a “La guerra de guerrillas” de Che Guevara, tiene sus puntualidades sobre el espacio brasileño que esclarecen muy bien las concreciones estratégicas de Marighella.

Este libro, sobre operaciones y tácticas guerrilleras, así como otros textos de Carlos Marighella tuvieron enorme repercusión y después de su muerte fueron publicados. Una edición en español fue editada por “Documentos Latinoamericanos 1”, de François Maspero, en París (1970). En lo que se integran varios temarios con relación a su pensamiento marxista y a los procesos revolucionarios de Latinoamérica y en concreto al espacio brasileño.

Otro compendio de su obra se publica en el Portugal de la revolución de los claveles (1974), titulado: “O Brasil de Carlos Marighella”, textos seleccionados por Milton Miranda. Quiere decir que no sólo la táctica de guerrilla urbana sirvió a muchos grupos revolucionarios como guía de sus acciones sino que, también, sus textos ideológicos estaban inscritos a unas circunstancias que iban más allá del espacio brasileño. Por tanto, Marighella ha incidido en un proceso de vanguardia revolucionaria y, en muchas ocasiones, dio claves y sugerencias, excepcionalmente relevantes, en la década convulsa de los años 60 del pasado siglo.

En la “Poesía trunca (Poesía latinoamericana revolucionaria)”, recogida por Mario Benedetti y publicada por Casa de las Américas de La Habana (1977) y en segunda edición por Colección Visor de Poesía, Madrid (1979), Marighella forma parte de los 27 poetas de Latinoamérica, asesinados por defender las libertades de sus respectivos países. Marighella está junto al Che, Otto René Castillo, Roque Dalton, Javier Heraud, Víctor Jara, Ricardo Morales, Leonel Rugama, Francisco Urondo, etc.

Carlos Marighela merece estar en ese aposento al que Benedetti lo ha erigido, por que su libro poético: “Rondó da Liberdade”, merece esa puntualidad de sugerencias que transcienden de un joven humanista que personalizó unos ambientes de pobreza, el de los suburbios y periferias de su Salvador nativo.

Encontramos varios registros y temarios en su poesía, que tienen un valor creativo y repercuten en aquella generación de poetas aferrados a la crítica social. En sus recursos estilísticos expone una variedad de temas que sin representar una intrínseca unidad en lo tratado, como es el tema existencial y la libertad, expone un nuevo modelo de hacer poesía para el pueblo. En este horizonte, concreta el arte del pensamiento poético, sin acudir a recursos artificiosos para estimularle al lector falsas apariencias que el autor no siente ni desea.

En esa colección de sonetos es donde Carlos Marighella surge como un gran poeta, que sabe estructurar y economizar el verso, con ese lenguaje claro y contundente. También el poema amoroso es otro de los perfumes de su poesía que la hace grande, y la agrande se esclarece aún más cuando enarbola sentimientos que fluyen de su intimidad hacia el otro. Una poesía en la que nada se profana y casi todo se redime en esos espacios estridentes y vacíos donde lo humano no pulsa ni cicatriza su herida.

Marighella, en su “Rondó da Liberdade”, es un poeta del pueblo, al que le sugiere cosas y trata de mostrarle su microcosmo teñido por la crueldad existente que soporta y, muchas veces, sin poner en práctica su rebeldía. En su último poema, es explícito por la causa de la libertad proletaria: “Es necesario no tener miedo,/ es necesario tener coraje para manifestarse.// Hay quien tiene vocación de esclavo,/ pero hay los esclavos que se sublevan contra la esclavitud.// No quedar de rodillas,/ que no es racional renunciar a ser libre./ Aún los esclavos por vocación/ deben ser obligados a ser libres,/ cuando las cadenas sean rotas”.

Carlos Marighella es ya un referente revolucionario en aquel Brasil de las dictaduras y frente a los exterminadores de las libertades del pueblo y del socialismo. Es también un emergente de la epopeya de combatientes y dirigentes de aquella Latinoamérica convulsa y sometida por el terrorismo de Estado, que impusieron los grandes monopolios, valiéndose de gendarmes vende patrias. En este su centenario, Brasil le recuerda y otros también.

Vigencia del pensamiento del Che sobre Latinoamérica

Vigencia del pensamiento del Che sobre Latinoamérica

Hoy, 14 de junio, se cumple el 80 aniversario del natalicio de Ernesto Che Guevara, una buena ocasión para retomar su pensamiento y verificar ciertas premisas que él hizo en el pasado para reflexionar en el presente sobre diversas fórmulas políticas que se aplicaban en Latinoamérica. Nos llama la atención su discurso del 18 de mayo de 1962, titulado: La influencia de la Revolución cubana en la América Latina. En ese año la agresión norteamericana no cesó sobre Cuba y el análisis que hizo el Che del contexto revolucionario cubano y su influencia en los diversos países latinoamericanos nos lleva a contemplar la nomenclatura social, política y cultural de todo ese complicado mosaico en que el imperio yankee era el acicate que provocó puntuales sangrías en la totalidad de los países de América del Sur.

En este encuentro con la realidad objetiva del espacio americano nos lleva a considerar las vías de colonización post colombina has el desarrollo del imperialismo norteamericano en sus diversas etapas y comportamientos de expansión. El Che en sus recursos dialécticos analizó las fases de las oligarquías económicas que desde la independencia de cada uno de los países analizados crearon sus propias particularidades, muchas de ellas agónicas, que por perpetuar su poder circunscrito en la explotación del más débil y ante la lucha de este no tuvieron pudor en rendirse a los monopolios extranjeros. En esta ocasión el Che configura los hechos de la realidad actual latinoamericana tomando como base empírica la génesis de los hechos concretos y sucedidos.

Retrotraído en referencias del pasado el Che nos lleva a contemplar diversas esferas de influencia donde el monopolio extranjero intervino de una manera cruel y con la ayuda de esas oligarquías subalternas, o vende patrias, que no dudaron en particularizar territorio para que sus materias primas estuviesen bajo dominio extranjero, como salvaguardia de sus lucros. Cuando esto era adverso a los monopolios imperialistas se provocaban guerras de intereses entre ellos sin dudar de enfrentar a países como sucedió en la guerra del Chaco, entre Bolivia y Paraguay. En el fondo de la cuestión de intereses estaba la lucha por el petróleo entre la Shell y la Standard Oil. El caso de la Standard Oil en Perú hizo que el ejército de este país arremetiese y arrebatase buena parte del territorio ecuatoriano donde la Shel tenía sus intereses. Pero todos esos intereses europeos fueron suplantados por los monopolios norteamericanos.

En este trueque de intereses y de imposiciones bélicas el panorama es otro muy distinto en la década de los sesenta del siglo XX, cuando el Che analizó estos factores, siendo consciente de todo ello cuando dijo: “La penetración ha variado mucho de acuerdo con circunstancias históricas, políticas, económicas y también quizás de acuerdo con la cercanía o la lejanía con la metrópoli imperialista”. Y en este aspecto pone como ejemplo el caso de Panamá, que la configuró como una característica clave del colonialismo más vetusto y de exigencias inexcusables por causa del rendimiento del canal.

Pero estos conceptos guevaristas de hacer un pronóstico preventivo de la situación latinoamericana tenemos que prestarles minuciosa atención y estar alerta de lo que sucede hoy, después de cuarenta y seis años de aquel famoso discurso. Entrar en las causas de aquellos sucesos tenía para el Che una importancia suprema que iba más allá de lo histórico. Porque para él la historia de Latinoamérica no era un todo sino subsidiaria de conceptos y conglomerados culturales, étnicos, ideológicos y de actitudes rebeldes y de lucha contra diversas características de poder; de usurpación expansionista y, en definitiva, por la conquista de la libertad. Y es por ello por lo que pondera la experiencia de la Revolución cubana en la cual, Ernesto Che Guevara, participó muy directamente en calidad de guerrillero y de ideólogo. Por eso es que la Cuba revolucionaria fue una referencia en todos los países latinoamericanos –en unos con mayor frecuencia y fortuna que en otros- pero es innegable la atención prestada a aquella experiencia revolucionaria por parte de simpatizantes y detractores, nadie fue indiferente. En aquella situación de triunfo revolucionario se crearon condiciones en todos los lugares de Suramérica para erigir en el combate al hombre nuevo. Todo un catálogo de experiencias revolucionarias surgió para expulsar a los grandes monopolios y liquidar las oligarquías autóctonas. El hombre nuevo en auge y en clave revolucionaria, significa para el Che adentrarse en cada uno de los países y deshilvanar sus entretelas para poner al descubierto las diversas realidades que juegan a favor y en contra del proceso revolucionario que cada país tiene que afrontar.

Argentina –donde nació el Che- conjugaba su importancia como una de las potencias con valiosos recursos en el Cono Sur americano. El Che también incide que Uruguay tiene características parecidas a la Argentina por las oligarquías latifundistas que controlaban la producción y el comercio ganadero. Estos dos países fueron caracterizados dentro de un contexto de predominación urbana, pero también incide en la primacía de la clase obrera. Un proletariado que estaba en situaciones difíciles y, sobre todo, concentrado en el gran Buenos Aires, pero muy concienciado. No perdamos de vista que aquellos emigrantes procedentes de España y de Italia, muchos de ellos eran socialistas, anarquistas y comunistas. Los referentes de la izquierda Argentina tenemos que ubicarlos en las luchas obreras que se dieron en Europa y con un pensamiento de concepción marxista. Puede que el proletariado argentino y chileno fuese la vanguardia combativa que marcaron períodos muy determinantes en la lucha de la clase obrera. Pero en este ambiente, el Che admite ciertas miserias y disidencias en la izquierda de su país, al señalar: “Más o menos todos conocen los últimos acontecimientos en Argentina, cuando se planteó una situación más o menos ya real de dominio, de algunos grupos relativamente de izquierda, grupos que representan al sector progresista de la clase obrera argentina; pero que están tergiversando muchas de las aspiraciones del pueblo, a través de una camarilla del partido peronista que está totalmente alejada del pueblo. Sin embargo, cuando se planteó la situación de las elecciones, intervinieron los gorilas, como se llama a los grupos ultra reaccionarios del ejército argentino, y liquidaron la situación”.

Fijándonos en la situación Argentina, después de la muerte del Che, y ya en la década de los setenta, con el regreso de Perón al poder, la demagogia del peronismo y la creación de la Triple A y el posicionamiento fascista de López Rega, dentro del círculo del poder peronista, la acción revolucionaria de los Montoneros, el golpe de Estado y el genocidio propiciado por los militares, son cuestiones muy serias que el Che, sin ser profeta, supo adivinar, gracias a su pragmatismo. Él supo que los Estados Unidos estaban alterando las teclas de la izquierda para que el piano estuviese desafinado en momentos decisivos para que no armonizara el himno a la libertad. En esta dirección, el espacio uruguayo del movimiento de los Tupamaros, tuvo parecidas connotaciones a lo que sucedió en la Argentina.

La clase obrera chilena, a lo que concierne la filosofía de su lucha cívica, le inspiraba al Che grande confianza en el porvenir suramericano, así lo indicó: “En Chile, donde los partidos de izquierda tienen una ascendencia mayor, una trayectoria muy vigorosa y una firmeza ideológica quizás como no hay en otro partido en América”. Pero advirtió que la revolución cubana no tuviese en Chile una admisión, por parte del proletariado, de alzarse en armas contra la reacción que tenía el monopolio de la minas. En este espacio no descartaba que la izquierda fuese capaz de crear condiciones para que los grupos armados fueran beligerantes con los intermediarios del imperialismo yankee. Ocho años después de este famoso discurso, las izquierdas de Chile (Frente Popular) llevaron a Salvador Allende al poder y aquella izquierda cívica optó por la vía democrática mientras un sector organizado bajo las siglas del MIR optó por ciertas movilidades remitidas por la Revolución cubana. Pero el Che, seducido por el análisis de particularizar cada uno de los escenarios de la lucha de clases donde la burguesía y el proletariado medían sus fuerzas, señaló: “Desde el punto de vista de la estrategia sería ridículo cuando todavía tienen las armas; para eso las fuerzas de izquierda tienen que ser muy poderosas y obligar a capitular a la reacción, y Chile no está todavía en esas condiciones por lo menos”. Por tanto, la Revolución cubana representaba para la vía chilena esquemas muy diferentes, aquí se percibe que las revoluciones muchas veces fracasan por copiar de otras. En este sentido, tanto Fidel como el Che fueron muy prudentes en imitar los procesos. Todos sabemos de las consecuencias del 11 de septiembre de 1973 en que los norteamericanos pusieron en escena al esbirro Pinochet, la vía chilena al socialismo que pretendía Allende fue historia en un país que durante décadas ensayó diversas fórmulas para que la clase obrera chilena llegase al poder. Una clase obrera desarrollada que juntamente con la argentina, la uruguaya y la brasileña fueron el portento de estrategias protagonizadas en luchas muy sólidas de dar pasos importantes y no retroceder.

El perfil que el Che nos presenta de Bolivia es la de un país lleno de contradicciones adquiridas por aquella burguesía timorata frente al dominio imperialista que asfixiaba su economía. En esta situación, Che Guevara veía que la Revolución cubana podía ser una luz para aquel faro apagado. Sostuvo que Bolivia era un país ideal para desarrollar un escenario guerrillero donde las contradicciones entre clases y las que se dan entre la burguesía local y el imperialismo podían crear una situación favorable donde la guerrilla fuese confirmada y mantenida en una sociedad agraria que practicaba un comunismo primitivo en el cual se reverenciaban los indígenas. En esta situación, el Che admitió que la lucha sugerida tenía que encaminarse hacia la burguesía nacional que era la que realizaba las concesiones a los monopolios yankees y por otro crear condiciones punibles contra los latifundistas criollos y creando una guerrillera cuyos protagonistas fuesen los campesinos. Esta convicción fue tan firme para el Che que decidió la formación de una guerrilla que opero en las zonas rurales bolivianas donde él fue asesinado en 1967.

Bolivia fue para el Che el país ideal para desarrollar una guerrilla que tuviese dos objetivos importantes: movilizar al campesinado descontento con las oligarquías terratenientes y, por otro lado, mantener una estrategia dentro de un espacio geográfico amplio para desarrollar una serie de vías revolucionarias para exportar a los países limítrofes.

Sobre Paraguay incidió que era un país ideal para que germinase una guerrilla fuerte que superase viejos intentos de otros guerrilleros y observó que el factor geográfico y demográfico son determinantes en la creación de condiciones para desarrollar tácticas de combate. Sobre la situación paraguaya, opinó: “Con selvas muy grandes, que tiene apenas algún ganado y algunos productos agrícolas. Es un país de enfermedades endémicas terribles como la lepra, que está extendida en proporciones enormes, donde no hay prácticamente sanidad, donde la civilización está apenas ceñida a tres o cuatro ciudades relativamente grandes. En aquellos montes ha habido varias experiencias guerrilleras, las más importantes y las más serias desde el punto de vista ideológico, han sido orientadas por un frente popular revolucionario con la participación en algunos casos importantes, del Partido Comunista. Sus guerrillas han sido derrotadas sistemáticamente, nosotros creemos que ha habido errores tácticos en la conducción de la lucha revolucionaria, que tiene una serie de leyes que no se pueden violar, pero sin embargo se siguen produciendo alzamientos”.

En este caso, el Che no deja de insistir en que el “Paraguay es un país ideal para la guerra de guerrillas, muy rico en cuanto a la agricultura, de grandes condiciones naturales, no hay elevaciones pronunciadas, pero hay montes y ríos muy grandes y zonas de operaciones muy difíciles para los ejércitos regulares y zonas muy fáciles para la lucha con la ayuda de la población campesina. Hay allí una dictadura de extrema derecha que anteriormente estaba muy influenciada por la oligarquía argentina, era una semicolonia de la Argentina pero que hoy ha pasado a la dependencia directa de los Estados Unidos con las últimas penetraciones de capital norteamericano; mantiene una dictadura bestial donde están todos los gérmenes de una lucha popular que puede realizarse intensamente a corto plazo”.

Estos textos del Che justifican su inalterada lectura de un país, como Paraguay, donde la situación estaba encarnada en varios frentes de presión y todos ellos muy significativos para radicar varias estrategias en un contexto sumamente inflexible por el comportamiento de la dictadura de Alfredo Stroessner.

Múltiples eran las características tan especiales para el Che que con frecuencia miró atentamente a diversos temas de Perú, sobre todo la demografía étnica de la que sobresale ese 80% de su población indígena desposeída de las riquezas de esta nación. Es significativo el análisis realizado por Ernesto Guevara en el tema étnico, al señalar: “Allí el blanco es el dueño de la tierra y de los capitales; el mestizo o cholo es en general el mayoral del blanco, y el indio es el siervo de la gleba. En el Perú se venden todavía fincas con indios de estos, las fincas se anuncian en los periódicos con tantos trabajadores o tantos indígenas que tienen obligación de trabajar para el señor feudal; es una situación tan miserable como nadie que no haya estado en esa zona se puede imaginar”.

Por tanto, la importancia que el Che le ha dado a la configuración racial como dominio de una casta terrateniente que representa menos de un 20% frente a una población indígena representada por un 80%, supuso que el dirigente comunista tuviese muy en cuenta esta estratificación en el contexto de la lucha de clases. Y, al mismo tiempo, no ignoró lo significativo de las lenguas autóctonas blindadas en esos espacios naturales donde los indígenas poseen el tesoro más preciado y diferenciador como es un idioma, juntamente con numerosas experiencias tradicionales que están en vigencia. Las siguientes palabras del Che son significativas: “El que quiera comunicarse con los indígenas tiene que saber hablar estas lenguas, si no es imposible la comunicación y las nacionalidades traspasan la frontera en que se han delimitado los países. El aimara de Bolivia se entiende mucho mejor con el aimara del Perú que con el blanco de Bolivia o del Perú y los propios colonizadores y después los imperialistas se han preocupado en mantener esta situación, de tal manera que hay una natural afinidad entre estos dos países y asimismo en el norte, entre las zonas peruanas de los collas y de los quechuas y la zona ecuatoriana, y en algunos casos llega hasta Colombia. En todos estos países se hablan lenguas vernáculas como las lenguas dominantes”.

El tema de las lenguas en su propio espacio natural va más allá de las fronteras artificiales que los poderes económicos colonialistas han fijado; los intereses de los monopolios, los excesos de corrupción de la burguesía local, los vende patrias que no vacilan en desintegrar nacionalidades para crear parcelas de poder que beneficien a estos monopolios. Esto evidencia la actualidad de la intentona separación de Santa Cruz del territorio boliviano, se debe a la coartada de los grandes monopolios frente a las nacionalizaciones realizadas por Evo Morales.

El Che incidió en un tema relevante del Perú como es el problema de las lenguas nativas y el contexto racial, como elemento de explotación, referenciado por Marx y Egels en las contradicciones que se observas en la lucha de clases.

El Che tenía por el Perú una atracción dinámica por ser una gran región agrícola y por la influencia decisiva que tenían los partidos de izquierda. Sobre este tema resaltó lo siguiente: “En el Perú y en la región indígena del Cuzco, es la única zona de influencia del Partido Comunista peruano fuerte y la única zona de influencia fuerte de cualquier partido marxista en el campo en todo América”. Es verdad que los partidos de izquierda en Perú tuvieron una gran influencia en sensibilizar a las masas. Pero una de las más altas referencias marxistas fue el ideólogo José Carlos Mariátegui (1894-1930). El Che no ignoró a este grande ideólogo marxista e indigenista que supo concertar un valioso proyecto revolucionario. Su pensamiento y su nutrida cultura intelectual fue referencia en otros países del área latinoamericana con problemas similares a los de Perú. Mariátegui fue el dirigente que supo entrar en una dialéctica donde el indigenismo protagonizase una fuerza coherente en el contexto marxista; fue un revolucionario no dogmático, un heterodoxo que imprimió una serie de directrices sobre la cuestión indigenista y de su liberación, al confirmar: “Las posibilidades de que el indio se eleve material e intelectualmente depende del cambio de las condiciones económico-sociales. No está determinado por la raza, por sí sola, no ha despertado ni despertaría al entendimiento de una idea emancipadora”. (...) “Cuando se habla de la actitud del indio ante sus explotadores, se suscribe generalmente la impresión de que, envilecido, deprimido, el indio es incapaz de toda lucha, de toda resistencia. La larga historia de insurrecciones y asonadas indígenas y de las masacres y represiones consiguientes, basta por sí sola para desmentir esta impresión. En la mayoría de los casos las sublevaciones de indios han tenido como origen una violencia que los ha forzado incidentalmente a la revuelta contra la autoridad o un hacendado; pero en otros casos no ha tenido este carácter de motín local. La rebelión ha seguido a una agitación menos incidental y se ha propagado a una región más o menos extensa”.

Las diversas observaciones que el Che hizo sobre el Perú tienen diversas categorías y, muchas de ellas, no desentonan con los análisis de Mariátegui. Che Guevara era un mariategista en muchas de las concepciones dialécticas y conclusiones que mantuvo sobre Latinoamérica y esto nos lleva a observar ciertas contundencias revolucionarios que los dos mantuvieron. El Che conocía puntualmente los escritos de Mariátegui y esto le llevó a no cuestionar muchas de las alternativas que la clase obrera y campesina del Perú habían desarrollado. Por tanto, en este discurso del año 1962 nos habla de la estratificación de las clases sociales peruanas, de sus modalidades, de sus comportamientos y de sus impactos. Tenía una enorme simpatía por el movimiento de cambios que se estaban experimentando en las clases populares peruanas. Concretamente por la combatividad de los mineros cuya preponderancia en el auge guerrillero frente una burguesía muy poco desarrollada y a unos militares que se turnaban por medio de golpes de Estado.

El Che, también habló de las condiciones que tenía Ecuador para desarrollar alternativas influenciadas de la Revolución cubana, aunque los intereses de la burguesía ecuatoriana eran urbanos y las fuerzas de izquierda residían en ese mismo espacio. Una parte de aquella izquierda que estuvo presente en varios actos de intervención en la toma del poder revolucionario en Cuba, llevaron al Ecuador las influencias guerrilleras para dinamizar una revolución agraria, con variantes más agresivas a lo que la izquierda urbana estaba acostumbrada. Los inconvenientes que veía el Che, con relación al panorama ecuatoriano, fueron la presencia de un ejército que ejercía una represión coordinada por efectivos del ejército norteamericano.

Sobre Colombia, el Che contempló un panorama donde las guerrillas operabas de una manera intermitente y con ciertos errores a sus espaldas en momentos en que la respuesta popular a sus acciones era sumamente positiva. La dispersión, la falta de movilidad y la falta de concentración de un mando único fueron errores que el Che impugnó en su valoración sobre Colombia.

Señaló que la falta de unión entre los diversos grupos guerrilleros cundió en una dispersión en la que muchos de ellos se conformaron con la autodefensa y otros se convirtieron en bandoleros como un acto de sobre vivencia. La exterminación de muchas de estas guerrillas fortaleció otros grupos más pragmáticos e influenciados por la Revolución cubana, pero también tenía la sospecha que ideas anárquicas de derechas y otras anticomunistas no pusieran fin a aquella perversa situación por la que pasó el movimiento guerrillero. Sobre esta situación, matizó: “Puede tener o no importancia la lucha en Colombia, es difícil predecirlo, porque precisamente no hay un movimiento de izquierda bien estructurado que dirija esa lucha; es simplemente, impulsos de una serie de grupos sociales y de elementos de distintas clases que están tratando de hacer algo, pero no hay una conducción ideológica y eso es muy peligroso. De manera que no se puede saber a donde va a llegar, lo que sí es que naturalmente crea las condiciones para un futuro desarrollo de una lucha revolucionaria bien estructurada en Colombia”.

El che no fue un profeta ni un adivino, fue un pragmático marxista, un hombre con la piel en la arena de la historia de los derrotados; un indagador de hechos concretos. Para él la praxis fue una especie de laboratorio consultivo y la medida justa para valorar escenarios como el de Colombia. La retrospectiva de hechos y conductas en la cronología del Che nos hace ver más de cerca lo que actualmente sucede en Colombia.

Venezuela estaba en ese tránsito de rebeldía cuya actividad, según el Che, se debía a un Partido Comunista y el Movimiento de Izquierda Revolucionario. Verdaderamente esta situación le interesó sobre manera y señaló que se debía observar “con mucha atención y con mucha simpatía” el germen de aquellas acciones de la izquierda venezolana, pese a contradicciones y distorsiones. Así se fue configurando un movimiento popular que hoy es observado dentro del contexto creado por Hugo Chavez.

Sobre el país más grande de Latinoamérica, Brasil, el Che se adentró en varios de esos parámetros de la realidad social y política; una realidad compleja por su extensión geográfica con una población desigual, verificando las urbes industriales como São Paulo y Rio de Janeiro y por otro lado los espacios del nordeste, donde la agricultura y la ganadería se repliegan en los grandes llanos de los Sertões. El Che no ignoraba que en los Sertões se ensayaron grandes experiencias en la lucha de clases y de un modo muy diferente a lo que se concretaba en el resto de América. Aquel grupo mesiánico de los Canudos, dirigido por António Conselheiro, fue una de las expresiones más activas que en el siglo XIX no dieron tregua a los colonos terratenientes que se valieron del ejército para eliminarlos.

El Partido Comunista Brasileño dirigido por la gran figura de Luís Carlos Prestes, configuró un notable movimiento popular en un escenario muy específico en la orientación de la lucha entre el proletariado y el campesinado. Carlos Marighela (1911-1969) fue otra expresión de la lucha guerrillera urbana. La opción de la Revolución cubana estaba muy presente en la aceleración del proceso socialista brasileño que este líder guerrillero, asesinado en una emboscada, tenía en mente.

El Che estuvo muy atento a los hechos que se iban desatando y de ellos opinó: “Si en Brasil se hubiera ganado una batalla decisiva, el panorama de América cambiaría rápidamente. Brasil tiene fronteras con todos los países de América del Sur, menos con Chile y Ecuador; con todos los demás países Brasil tiene fronteras. Tiene una enorme influencia, realmente es un lugar para dar una batalla y nosotros debemos considerar siempre en nuestras relaciones con los países americanos, que somos parte de una sola familia, familia con características más o menos especiales; pero no podemos olvidar nuestro deber de solidaridad y nuestro deber de dar nuestra opinión en algunos momentos específicos”.

En Guatemala vivió el Che uno de los momentos más decisivos de su vida como médico. La situación política de carácter progresista y socializador del presidente Jacobo Arbenz, se dieron condiciones progresistas y prerrevolucionarias que fueron abortadas por el golpe de Estado de Castillo Armas en 1954. Quizás el aprendizaje ideológico y la implicación del Che en una opción revolucionaria se dieron en Guatemala. La experiencia vivida lo marcó intensamente. Cuando valoró los diversos espacios revolucionarios, unos en proceso embrionario y otros ahogados por excesos o falta de experiencia de aquellos grupos. A partir del triunfo de la Revolución cubana, señaló: “El destino de las revoluciones populares en América está íntimamente ligado al desarrollo de nuestra Revolución”.

Otra de sus experiencias es la que le tocó vivir en México, que le supuso cierta frustración por una situación creada por aquel partido único, el PRI. En todo su palmarés por Latinoamérica las experiencias de aquellos dos viajes en bicicleta y motocicleta le permitieron contemplar la miseria de unos y la riqueza de otros. La opresión de una clase sobre la otra. La lucha de clases en acción, era observada desde una inmediatez tanto concreta como empírica.

La influencia de la Revolución cubana en América Latina, es una de las piezas claves de su discursiva. Ernesto Che Guevara desgranó la situación de Latinoamérica de una manera que nos adelantó acontecimientos. El análisis de aquellas situaciones amplias y complejas, nos permiten observar las piezas de aquel puzzle descompuesto que muy pocos se han atrevido a recomponer para dejar al desnudo lo que el imperialismo norteamericano había descompuesto.

Las diversas relaciones entre la poesía afro-antillana de expresión española y la poesía africana

Las diversas relaciones entre la poesía afro-antillana de expresión española y la poesía africana

Xosé Lois García
Rebelión

Abriendo rutas por las literaturas de Cuba, Puerto Rico y la República Dominicana pretendemos acercarnos a una serie de poetas negros y mestizos que cultivaron una poética de reivindicación étnica, existencial y cultural que emerge de la tradición africana y que se cultivó en estas tres nacionalidades antillanas de lengua española. En este contexto, no es fácil entrar en esa correspondencia de tendencias y manifestaciones que ofrecen los poetas de estos tres países, en esa constante aspiración de regresar a las raíces africanas para significar su propia identidad. En este desafío, encontramos una serie de materias poéticas que contribuyen a esa correspondencia que establecieron los poetas negros y mestizos y, todavía, blancos desde América. Todo ese cúmulo de manifestaciones que llevaron los esclavos africanos al nuevo mundo floreció en muchos de estos poetas.

De ese corpus poético queremos extraer varios testimonios para centrarnos en esa correspondencia que hubo entre los dos continentes. En ese crisol, observamos la impetuosa vitalidad de los negros esclavos emancipándose y exponiendo las manifestaciones y los valores más nítidos de África. La cultura afro-antillana suscitó la vertebración de un nuevo contexto literario en estos tres espacios geográficos de los que vamos hablar.

Ante estos tres horizontes unificados por la lengua y por el sentimiento común de retrospectivar África desde América, surge el Madre África brotando raíces que florecen en el nuevo mundo, con sus tradiciones, sus tabúes, sus magias y, sobre todo, con la reafirmación de ser negro y regresar a las fuentes originales de todas las Áfricas. En esta dirección, hablaremos de cada uno de los países antillanos de expresión hispana, empezando por Cuba.

CUBA

Anotemos que Cuba es un país antillano de lengua española superior a Puerto Rico y a la República Dominicana, en lo que se refiere a su densidad demográfica, por su entorno geográfico y por la concentración de esclavos que el colonialismo español introdujo desde el siglo XVI. Estos matices hacen falta observarlos para que nos orienten y nos aproximen a la realidad de una cultura multi-racial y consolidada en todos los ámbitos de la vida cubana. De ese inmenso número de esclavos, capaces de articular e imponer su verbo, contemplamos atributos y manifestaciones de todo el conjunto cultural africano que hoy están normalizados en la isla de Cuba. La música, la danza, la santería, la mitología y otras formas expresivas y de vida son el motor más dinámico de la cultura africana en Cuba. Pero hay un atributo fundamental que es el motor de esta cultura: las diversas manifestaciones lingüísticas de procedencia africana. En esta dirección, Gema Valdés Acosta, aporta en su libro: “Los remanentes de las lenguas bantúes en Cuba”, todo un diseño de particularidades expresivas que predominan en la lengua española en Cuba.

La lengua española sirvió de vehículo expresivo pero también fue receptora de numerosos vocablos y términos de las diversas lenguas africanas que no dejaron de utilizar los poetas cubanos. Este puede que no sea el caso de poetas como Plácido, seudónimo de Gabriel de la Concepción Valdés, nacido en Matanzas en 1809 y fusilado en 1844, porque se le suponía jefe de la conspiración de la “Escalera”. Plácido era hijo de una bailarina española que tuvo amores furtivos con un mulato. Aún que es un símbolo para los negros cubanos, su poesía responde más a ambientes de cubanidad que de africanidad. Dejemos, pues, a Cintio Vitier esta sentencia: “Plácido expresa, o más bien trasluce, la cotidianidad de una vida que, fundada en la injusticia, busca su acomodo provisional a través de la fineza y del encanto de las costumbres criollas”.

Otro poeta contemporáneo a Plácido era Francisco Manzano (1797-1854). Este poeta estuvo atento a la marginalización y menosprecio que se hacía con su raza. Por esto, en la poesía de Manzano no encontraremos terminologías de las lenguas africanas, pero si hace hincapié a los problemas sociales que los negros tenían en Cuba. Manzano estuvo procesado por la sublevación de la “Escalera” y esto dice mucho de su vida insurreccional, en lucha por la abolición de la esclavitud.

Uno de los primeros en recoger de los ambientes africanos cantares de expresión oral y escritos poéticos de los negros de Cuba, no fue un negro ni un cubano, fue Bartolomé José Crespo, un gallego que nació en Ferrol, en 1811 y murió en La Habana en 1871. Este emigrante gallego fue conocido en los ambientes del teatro bufo con el nombre de Creto Gangá. Alejo Carpentier, opinó así de Gangá: “Con él entraron los negros en escena. Por una divertida paradoja, este comediógrafo que firmaba sus sainetes con el seudónimo bozal de Creto Gangá, y hacía agudas críticas al gobierno colonial”. José Lezama Lima, apuntó: “Creto Gangá puede considerarse un precursor de la poesía negra que se cultivará en la Cuba del siglo siguiente, alcanzando mantenida calidad en Nicolás Guillén y Emilio Ballagas”. Creto Gangá escribió poemas al estilo de los negros, con el mismo lenguaje que utilizaban los negros en los barracones bozales, en los cabildos y, sobre todo, en el cabildo congo. Gangá fue un eficiente difusor de los cantos anónimos negros dedicados a las deidades africanas y a su propia libertad. A partir de Creto Gangá nos encontramos con un corpus poético importante que responde a la creatividad literaria de los negros cubanos.

Ya consolidada en varios ambientes literarios esta tendencia, mencionemos a Regino Pedroso (1896-1983), un mestizo chino-africano, pero inclinado hacia un reencuentro con sus ancestros asiáticos que africanos. Pero la problemática social de los negros y la identidad africana están explícitamente confirmadas en sus versos. En el poema, “Hermano negro”, encontramos estos dos versos: “¡Negro, hermano negro,/ tan fuerte en el dolor que al llorar cantas”. Que plasticidad poética más transparente esta de Pedroso al visionar el llanto colectivo del negro en Cuba y convertirlo en canción.

En los años treinta del siglo XX, la poesía negra pasa por un nuevo proceso liderado por un mestizo afro-cubano, Nicolás Guillén (1902-1989). Guillén es uno de los máximos expositores de la poesía negra que buscó en el pasado los cánticos de cabildo. Las creaciones de Creto Gangá fueron en parte asimiladas para crear un horizonte conceptual nuevo que Guillén dio a la poesía negra, siendo así innovada y actualizada. Guillén procuró de Placido la sátira poética, llevada a su crítica más mordaz, que Nicolás empleó contra las dictaduras de Machado y de Batista. Nicolás Guillén fue un rotundo buscador de sus raíces y contemplador de todo aquel mosaico de variedades que el universo afro-cubano tenía cultivado. En esta dirección, apunta Dina Picotti, en su libro: “La Presencia Africana en Nuestra Identidad”, lo siguiente: “El fenómeno de ‘la poesía negra’ que se produce en Cuba en torno a los años treinta, asumiendo voces, ritmos, temas y recursos en general de lenguaje de negros y mulatos, se extendió luego a las antillas y a todo América, difundiendo el modo y valoración de una cultura de origen africano que ya formaba parte nuestra, reconocida o no, en los diversos aspectos de la vida, articulándose lingüísticamente, como síntesis de los estadios de un largo proceso hasta cobrar mayor significado y trascendencia aún en las zonas donde el influjo africano parecía menos. Las matrices de este movimiento fueron los cantos religiosos y de cabildo, ligados a percusión de instrumentos”.

Dina Picotti confirma esa dimensión en que los poetas cubanos elevaron a un alto nivel la original poesía negra. Insistimos, que la poesía de Nicolás Guillén tuvo un grande impacto en tolas las Antillas y un reconocimiento puntual en muchos poetas africanos. Citemos al sãotomense, Tomaz Medeiros que dedica “Un socopé para Nicolás Guillén”. O el guineano, José Carlos Schwartz que no ocultó su simpatía por la poesía de Nicolás Guillén y por otros poetas cubanos de acuñación africana. Pero en ese retorno a África hubo poetas que se engarzaron a ciertos contenidos de “Songoro Cosongo” de Guillén. Este libro incidió en esa propuesta de descubrir la universalidad negra de un lado y del otro el Atlántico. El poeta angoleño, António Jacinto, en 1990, me manifestó en Luanda su enorme simpatía por la poética de Nicolás Guillén y me insinuó que Viriato da Cruz y en otros poetas angoleños había que buscar esos engarzamientos en los que se intuye el feliz retorno para redescubrir África.

Fue tal el impacto de la poesía negra en Cuba que los poetas blancos como Ramón Guirao, poeta y autor de una antología publicada en 1938, titulada: “Órbita de la poesía Afrocubana, 1928-37”, no pudieron resistir a esa tendencia ambientada en la tradición cultural africana.

Dejando atrás innumerables poetas negros y mestizos cubanos, imposible de enumerar, mencionaremos a Nancy Morejón (1944). Su poética constata su compromiso en la investigación y divulgación de la cultura negra en las Antillas y, sobre todo, por las literaturas que pertenecen a este espacio caribeño. Nancy Morejón, en su poema: “Mujer Negra”, plasma en alto relieve los sufrimientos de los esclavos y la doble marginación de la mujer esclava en Cuba, en la época colonial. En los siguientes versos esclarece: “Esta es la tierra donde padecí bocabajos y azotes./ Bogué a lo largo de todos sus ríos./ Bajo su sol sembré, recolecté y las cosechas no comí./ Por casa tuve un barracón./ Yo misma traje piedras para edificarlo,/ pero canté a lo natural compás de los pájaros nacionales.// En esta misma tierra toqué la sangre húmeda/ y los huesos podridos de muchos otros,/ traídos a ella, o no, igual que yo./ Ya nunca más imaginé el camino de Guinea./ ¿Era a Guinea? ¿A Madagascar? ¿O a Cabo Verde?// Trabajé mucho más.// Fundé mejor mi canto milenario y mi esperanza./ Aquí construí mi mundo”.

Nancy Morejón esclarece el pasado más siniestro de los negros y de la esclavitud antillana, y, con esa memoria histórica de África fornece la identidad cubana donde los negros y los mestizos tienen hoy un alto aposento. En este sentido, Nancy Morejón, me decía hay pocos meses en La Habana, que la Revolución cubana contribuyó a destapar los tabúes y las codicias que las clases dominantes hicieron con los esclavos en Cuba. La poesía de Nancy Morejón desvela toda esa codificación del pasado para perpetuar el presente y el futuro y mantener viva la memoria histórica de múltiples revueltas y sublevaciones.

Si revisamos ciertas voces de la poesía femenina de expresión portuguesa en África nos encontramos con Alda do Espirito Santo, con Noémia de Sousa, con Alda Lara, con Vera Duarte o con Domingas Samy, y, de ellas, podemos referenciar una serie de vestigios y correspondencias en lo que señala Nancy Morejón. Vemos, pues, como la poesía antillana, con referentes africanos, vuelve a África por medio de los poetas africanos.

PUERTO RICO

En esta isla, la voz de los esclavos negros predominó y con ella se dejaron oír otras voces como la de José Antonio Daubón (1840-1922), en favor de la emancipación negra. La primera voz mulata de Puerto Rico fue la de Luis Felipe Dessus (1875-1920) que proclamó su diversidad étnica de ser indio y africano. Dos identidades despreciadas por el colonizador español. Este poeta, en su desafiante reafirmación dice: “Yo soy negro y dichoso, / ¡mas que un papa y un rey!/ (…) No hay como ser negro y amar a Lucifer”. Esta versión tiene cierta correspondencia con algunos de los poetas negros de expresión francófona en África que manifestaron su repulsa contra la presencia religiosa del colonizador. Por tanto, el apelo a Lucifer equivale a dinamizar, simbólicamente, lo contrario de lo que pretendía la religión del colonizador. En este poeta vemos claro la confrontación mantenida por el colonizado frente al colonizador.

Entre los precursores de la poesía negra puertorriqueña encontramos a Francisco Negroni Mattei (1896-1937) que aborda un nuevo temario en el alegato de la música y la danza, como elemento fundamental de esa África que el comprende y desea magnificar partiendo de Nicolás Guillén. Evaristo Rivera Chevremont (1896-1976) se apropia de una serie de imágenes existencialistas para incidir en esa comunión que tanto los poetas antillanos como los africanos proclamaron a partir de los años treinta, contra la explotación de los negros. Los siguientes versos de Chevremont indican exactamente esa repulsa: “Tumba los cocos, negro; tumba los cocos. / (…) mientras el blanco, gordo de anillos, / goza su nada, rumiando tedios”.

 Fortunato Vizcarrondo fue un poeta que reivindicó la expresión lingüística de los negros, y con ella, articuló sus cantares. En esta línea está Victorio Llanos Allende, que supo ir a las fuentes originarias de las canciones de los esclavos y, así, surgió su famoso cántico: “Ulegú Ulegú Tán-guidé”. Por tanto estamos hablando de un perfil de poetas sumamente integrados en la tradición africana y que tienen conciencia en darle primacía a cualquier vestigio africano que incida en la articulación de sus cánticos y poemas. Así es como la lengua española en el Caribe respira esos acentos bantúes que modifican, en cierto sentido, la poesía costumbrista creada por los blancos. La poesía escrita por aquellos blancos que dominaban este espacio era recitada y exhibida en un círculo cerrado, como eran los salones clasistas de los que estaban excluidos los negros. Fue tan eficaz y poderosa la poesía negra que los propios blancos se dejaron asimilar en múltiples expresiones que marcaron ese fecundo desarrollo de la literatura afro-puertorriqueña.

A partir de 1898, año de la independencia de Cuba, Puerto Rico entró en otro proceso integrador que vino de los Estados Unidos. Pero los poetas puertorriqueños no renunciaron a los valores africanos. Sírvanos como ejemplo el poeta mestizo, Luis Palés Matos (1899-1959), que particularizó varios contextos del acerbo africano. En varias canciones ñáñigas, Palés Matos desdibuja varias frecuencias de denuncia contra el colonialismo en África, como lo que manifiesta en estos versos: “Quien penetro en Tangañica/ por vez primera ñan-ñan;/ quien llegó hasta Tembandumba/ la gran matriarca ñan-ñan”. Palés Matos, además de ser el poeta nacional de Puerto Rico, supo rescatar sus orígenes para intensificar la identidad negra. En su poesía aparecen enfatizados espacios míticos y geográficos que responden a esa identidad africana, como se manifiesta en estos versos: “Al jueguito va su zombí/ derribando su senseribó,/ y no puede el carabalí/ ñañiquear ante Ecué y Changó…/ ¡Oh, papá Abasí!/ ¡Oh, papá Bocó!// Hombre negro triste se ve/ desde Habana hasta Zimbambué,/ desde Angola hasta Kanembú/ hombre negro triste se ve…/ Ya no baila su tu-cu-tu,/ al –adombé ganga mondé-“.

Cesario Rosa Nieves fue otro de los poetas que manifiesta esa contundencia de volver a los orígenes, como muy bien indica en estos versos: “Yo nací negro, (…) En la danza y en la bomba, en la plena y el sendero, / me despertaba África, mi tierra abuela, en maracas de arena”. En este mosaico de poetas puertorriqueños, merece destacar a Clemente Pereda (1903-1980) que es uno de los poetas antillanos que utilizo el término, Madre África por los años treinta, tejiendo una especie de letanía que encontramos en el poema: “Madre África”, en el cual expone: “¡África profunda! ¡África recóndita! ¡África prolífica! ¡África hierática!, / Con tus jeroglíficos y papiros cópticos! ¡Cuna de Homo Sapiens! ¡Madre de las razas”. Pereda alentó las revoluciones y las luchas de liberación nacional de los países africanos colonizados. En este apartado, observamos su reencuentro con los poetas africanos que expresaron su desafío ante el colonialismo.

En esta aspiración de retomar África, desde las antillas, localizamos a un grupo de mujeres negras y mestizas de Puerto Rico que nacieron entre 1911 y 1926. Mencionemos a la mulata Carmen Colón Pellot que intentó restituir la memoria de África, en su canto al mestizaje, desde una contemplación del mercado negrero. También, Olga Ramírez de Orellano nos habla del desencuentro con las orígenes, y, trata de regresar a esa África mágica y profunda como bien se matiza en estos versos del poema: “Tonga bambe”, que dice: “El alma katonga me vuelve a nacer. / Estrellas que miran mi choza de paja,/ Mis ojos de lumbre te vuelven a ver”. Que linda imagen para ese reencuentro con el África total, en su más latente argumentación existencial, donde se admite esa tremenda ausencia, como dijo la mística española, Santa Teresa de Jesús: “Vivo sin vivir en ti”.

De este grupo de mujeres poetas, destaquemos a Julia de Burgos (1914-1953). Su voz, unida a la de Palés Matos y a la de Pereda, representa la poesía negra y mestiza, con que se confirma la poesía africana en Puerto Rico. Julia de Burgos promovió todo un caudal mágico y perenne de la poesía existencial africana. Desde su emigración a Nueva York, proclama lo mejor de la poesía afro-puertorriqueña, como nos muestra en estos versos: “Negra de intacto tinte, lloro y río/ la vibración de ser estatua negra; / de ser trozo de noche, en que mis blancos/ dientes relampaguean;/ (…) Ay, ay, ay, que el esclavo fue mía abuelo/ es mi pena, es mi pena./ Si hubiera sido el amo,/ sería mi vergüenza./ Yo soy recia en el grito y parca en el lamento./ Intensa en los sentidos, negativa en lo quieto”. En esta movilidad, Julia de Burgos, sin ser una poeta de la negritud no estuvo muy lejos de la economía poética de David Diop, de Senghor, de Aimé Césaire, y, por supuesto, de Langston Hughes y de Claude Mckay, estos tres últimos más allegados al espacio de Puerto Rico. La nueva visión que tuvo de Burgos de la marginación de los negros vendría a coincidir con los poetas de la negritud, sobre todo con los de expresión portuguesa como Agostinho Neto y Francisco José Tenreiro.

En Violeta López Suria encontramos esa reivindicación persistente de recuperar las raíces africanas, tal como manifiesta en su poética metafísica que emerge de los valores ancestrales de África. En esta dirección, Puerto Rico aportó un gran caudal de poetas negros y mestizos volcados hacia la problemática social y marginal. El afán de los poetas de Puerto Rico de perpetuarse en el África global y total es bien notorio en el caso de poetas como Manuel Torres.

REPÚBLICA DOMINICANA

La República Dominicana es un país con tradición y etnia mayoritariamente de origen africano, comparte vecindad con Haití, ese país francófono tan determinante en la literatura negra que influyó en todos los espacios poéticos del Caribe. En este caso, los poetas dominicanos fueron receptores del influjo del contexto haitiano. Francisco Muñoz del Monte (1800-1868) es el primer poeta que presenta un inventario de poemas bucólicos en los que está presente la mulata, esa linda madona solemnizada y mitificada. Pero en Tomás Hernández Franco (1904-1952) la poesía negra dominicana coge otra órbita, gravitando con un renacido resplandor que se hizo notar en la década de los años treinta. Pero si damos un salto cualitativo en esa tendencia nos encontraremos con Manuel del Cabral (1907-1999), con varios registros en los que se concreta esa tendencia social y emancipadora que se connota en el viejo problema existencial de los negros antillanos. Dicho esto, es necesario centrarse en el talento creativo de su singular expresión afro-dominicana. En el poema: “Negro sin nada en tu casa”, advierte: “Tu sudor, tu sudor. Y todo para aquel/ que tiene cien corbatas, cuatro coches de lujo, / y no pisa la tierra”. Estos versos establecen una correspondencia universalista con la poesía negra, entre América y África, en el contexto de la lucha de clases y sobre el problema racista.

En el poema, “Trópico suelto”, Manuel del Cabral hace una referencias en las que se preconiza la cultura negra y mestiza, en estos términos: “Algo de la tierra me sube violento, / oigo que tus curvas cantan más que el son. / Y tu taco toca, y tu taco a ratos, / echa al aire el Congo que hay en tus zapatos”. La esencia vital de ser negro manifestado por un blanco, como del Cabral, confluye en Agostinho Neto en esas referencias a la música y a los ritmos africanos, como elemento esencial de fortalecer la identidad africana. Manuel del Cabral tampoco está lejos de Bernard Dadié, en esa conceptualidad de transformar al negro en un ser insumiso para no renunciar a la Madre África. Del Cabral insistió para que el negro regresase a los orígenes, como manifiesta aquí: “Suma de abuelos tu carne/ anochece amaneciendo; / tu cuerpo a palos moliendo/ lo limpian las brujerías, / y tu roncas, como no, / tu cuerpo mismo el bongo”.

En la República Dominicana, y de la generación de Manuel del Cabral, tenemos que mencionar a Francisco Domínguez Charro (1911-1943), un poeta que se implicó en todo aquello que sugería africanidad, con la aspiración de regresar a África. Aspiración que mantenía su sueño, cuando expresa: “Viejo negro del puerto,/ retorna en el espíritu/ a tu selva sagrada./ Embárcate en la leve piragua imaginaria/ de tu inconsciencia mártir”.

Otros poetas dominicanos como Rubén Suro, Antonio Frías Gálvez y Antonio Fernández Spencer evocan el universo del negrismo, pero nos fijamos en Juan Sánchez Lamouth (1929-1968), concretamente en su poema-carta, titulado: “Saludo conjunto al poeta Leopoldo Sedar Senghor”. En este poema esclarece su tendencia, necesidades y compromisos con África, cuando dice: “Nosotros los negros de América, te saludamos, únicamente. / Te saludan los niños que aún cortan flores/ para adornar el mutismo de los ídolos blancos”. Vemos como Lamouth trata de configurar una correspondencia con el África mítica, ancestral y telúrica.

Hay otros poetas dominicanos que se lamentan de las esencias africanas que se pierden, como es el caso de Colombina Castellanos (1932), cuando dice: “Y mueren los sueños del negro Damián/ picador de caña/ decidor de cuentos de loaces, de brujos, de zombis/ y muere el tambor… al morir la negra. Tun, tun, tun”.

Rigurosamente, dentro de este mosaico cultural, étnico y, aún, lingüístico está consustanciado todo un caudal de recursos africanos que influyeron en esa personalidad y en esa identidad que dinamizaron la interculturalidad que predomina en Cuba, Puerto Rico y en la República Dominicana.

Frente a la globalización

Frente a la globalización

Enseñanza y cultura en el ideario de José Martí

Frente a la globalización 

  Xosé Lois García

Rebelión 

Del personalísimo análisis sobre la enseñanza y la cultura que ilustra a toda la obra de José Martí, nos alienta y nos admira aquella carta que envió a la niña, María Mantilla, en la primavera de 1895, le confiesa lo siguiente: “Donde yo encuentro poesía mayor es en los libros de ciencia, en la vida del mundo, en el orden del mundo, en el fondo del mar, en la verdad y música del árbol; y su fuerza de amores, en lo alto del cielo, con sus familias de estrellas, y en la unidad del universo, que encierra tantas cosas diferentes, y es todo uno y reposa en la luz de la noche del trabajo productivo del día”. Mas adelante le revela a María: “Leo pocos versos, porque casi todos son artificiales o exagerados, y dicen, en lengua forzada, falsos sentimientos, sentimientos sin fuerza ni honradez, mal copiados de los que los sintieron de verdad”.

Estas afirmaciones nos obligan a contemplar el tiempo y el espacio que le tocó vivir a José Martí para reflexionar sobre el mundo actual, en sus divergencias y contradicciones y a la luz del ideario del apóstol de la independencia de Cuba. La enseñanza y la cultura en el mundo actual, la podemos perspectivar dentro del contexto de esa visión que Martí tuvo de ellas en su tiempo. Recomienda a María ejercitarse en el conocimiento del mundo, a través de la ciencia; conocer el orden del mundo en todas sus frecuencias no deja de ser un acto y un reclamo de dignidad para el ciudadano de finales del siglo XIX. Las palabras de Martí no dejan de ser un punto de partida para el hombre actual que, cada vez más, se ve atrapado dentro del laberinto de los otros y de sus propias encrucijadas. Tanto la enseñanza como el trabajo eran para Marx como para Martí la fuente de toda cultura y de toda riqueza. En el ideario de Martí la enseñanza debe procurarle al ser humano los conocimientos necesarios para luchar colectivamente por la vida y satisfacer sus propias necesidades. Al respecto, señalaba: “La educación tiene un deber ineludible para con el hombre, no cumplirlo es un crimen”. A la luz de múltiples realidades de opresión que afectan al mundo actual, vemos como se proclama ese enorme crimen negando a millones de seres humanos la dignidad más primaria que es el derecho a la educación. La frustración impera cuando observamos el resquebrajamiento de seres inocentes que son constantemente oprimidos por ese falso progreso que niega la justicia social y la cultura, con el fin de aumentar sus ganancias con la plusvalía de la opresión de los otros. En este sentido, volvamos a las fuentes martianas, a esa imposible renuncia de la educación como fuente de vida, cuando nos dice: “La educación, pues, no es más que esto: la habilitación de los hombres para obtener con desahogo y honradez los medios de vida indispensables en el tiempo en que existen, sin rebajar por eso las aspiraciones delicadas, superiores y espirituales de la mejor parte del ser humano”.

En el mundo actual no podemos olvidar las contradicciones que fluyen de la castración, de la intolerancia y de la crueldad que impone la globalización, que es la fase superior del imperialismo. Vemos varios horizontes sombríos donde la enseñanza y la cultura dejan de ser un bien común para ser un privilegio exclusivo de las clases dominantes. El que tiene dinero tiene cultura, sobre todo en el aprendizaje de expoliar al otro. Dentro de este parámetro, la globalización está imponiendo sus leyes y sus esquemas mas desvergonzantes, con terrorífico cinismo y usurpando conquistas sociales de pueblos libres y soberanos por medio de ese poder omnímodo de una falsa democracia que desvirtúa la verdadera esencia de la palabra que inventaron los griegos para definir el poder del pueblo. Amenazas, intervenciones, bloqueos es el orden del día del imperio de la globalización. En este contexto, José Martí nos previno de varios temas y nos dio las claves de muchos anunciados de las secuelas que el imperialismo nos dejaría en sus múltiples tramas, cuando dijo: “Viví en el monstruo y le conozco las entrañas”. En este sentido, no ignoraba ciertos procesos de integrar al otro para dominarle, anularle y robarle.

Hacer un nuevo inventario del mundo para parcelarlo en múltiples minifundios, desculturalizando las diversidades e integrándolas en valores hipócritas y en determinados prejuicios, implica un proyecto de desestabilizar al otro. Ante este inventario minifundista de la enseñanza y de la cultura, es necesaria la lucha por la solidaridad y la justicia social, partiendo de lo más concreto y de lo más elemental como es la educación. Y es aquí donde José Martí esgrimió su grito, al enfatizar: “Alcemos esta bandera y no la dejemos caer. –La enseñanza primaria tiene que ser científica. El mundo nuevo requiere la escuela nueva. Debe ajustarse un programa nuevo de educación, que empiece en la escuela y acabe en una Universidad brillante”. Esta idea de Martí la contemplamos en su plena vigencia, porque de ella podemos extraer varias experiencias que se dieron en Cuba, en diversas campañas de alfabetización.

Ya en 1884, José Martí escribe un trabajo titulado: “Maestros Ambulantes” en el que se detecta su preocupación por el conocimiento de la naturaleza para desarrollar una agricultura que superase la autosuficiencia de quien la cuida y transforma. En este contexto hubo un obsesivo adelanto al mundo de hoy en el campo ecológico que transciende de la obra martiana y que no deja de ser una fuente de transparente sabiduría sobre la coexistencia del medio ambiental, en el cual coloca Martí al hombre como modelado y medida de su recíproca interrelación, al señalar: “Y el único camino abierto a la prosperidad constante y fácil es el de conocer, cultivar y aprovechar los elementos inagotables e infatigables de la Naturaleza. La naturaleza no tiene celos, como los hombres. No tiene odios, ni miedo como los hombres. No cierra el paso a nadie, porque no teme de nadie. Los hombres siempre necesitan de los productos de la naturaleza”. Este concierto entre hombre y naturaleza, en su constante pedagógica, llevó a Martí a la siguiente reivindicación: “La escuela ambulante es la única que puede remediar la ignorancia campesina. Y en campos como en ciudades, urge sustituir al conocimiento indirecto y estéril de los libros, el conocimiento directo y fecundo de la Naturaleza”.

Vemos pues como Martí supo marcar prioridades concretas en materia de enseñanza y de cultura, proponiendo fases específicas que exigían diversos campos; diversos espacios y escenarios de producción muy definidos. Las escuelas ambulantes que se crearon en Cuba, en diversas campañas independentistas, manifiestan el empeño creador de conocer el hábitat como medio indispensable de vida. Cuando contemplamos a miles de pioneros contra el analfabetismo en toda la geografía cubana, en uno de los primeros procesos de la Revolución Socialista en Cuba, allí estaba presente el espíritu de Martí. Quizás las connotaciones eran diferentes, pero el espíritu de lo concreto legitimaba la acción y el pensamiento de Martí. Con razón ha dicho el escritor y poeta Cintio Vitier: “El radical antiimperialismo de Martí, con todas sus lógicas consecuencias de dignidad nacional, pureza administrativa, justicia social, antirracismo, latinoamericanismo, solidaridad con los pueblos oprimidos del mundo. Por eso Fidel Castro, en el proceso que se le siguió por el ataque al cuartel Moncada el 26 de julio de 1953, año del centenario martiano, pudo decir con verdad que Martí era el “autor intelectual” de aquel movimiento. Y con la misma razón puede y podrá decirse otro tanto de cualquier movimiento revolucionario de América Latina, porque Martí es, en rigor, además de otras muchas cosas, el padre del antiimperialismo latinoamericano”.

En esta narración de Cintio Vitier, observamos la legitimidad antiexpansionista en el pensamiento de Martí contra los Estados Unidos, tal como simplifica en aquella crónica que escribió el 2 de noviembre de 1889, donde señala: “¿A qué ir de aliados, en lo mejor de la juventud, en la batalla que los Estados Unidos se preparan a librar con el resto del mundo? ¿Por qué han de pelear sobre las repúblicas de América sus batallas con Europa, y ensayar en pueblos libres su sistema de colonización?” En esta vicisitud de Martí, sobre la inicua expansión imperialista, contemplamos como esa política de alienación conlleva el principio de fomentar la expoliación productiva de las naciones americanas utilizando políticas de desestabilización en todo el mundo y con toda agresividad intervencionista por parte del imperialismo Norteamericano. Esto era una realidad constatable en la época de Martí y consumada en los tiempos actuales. Refiriéndose a esa realidad imperialista, Martí advirtió: “Creen en la necesidad, en el derecho bárbaro, como único derecho: ‘Esto será nuestro, porque lo necesitamos’. Creen en la superioridad incontrastable de la raza anglosajona contra la raza latina. Creen en la bajeza de la raza negra, que esclavizaron ayer y vejan hoy, y de la india que exterminan”.

Los desequilibrios del mundo de hoy, en lo que atañe a la educación y a la cultura, se manifiesta en la insolidaridad del que más tiene; del que gobierna despóticamente encubriéndose en falsas democracias, negando lo mas elemental al hombre, que es la educación libre y gratuita. Martí así lo advirtió, al decir: “El pueblo más feliz es el que tenga mejor educados a sus hijos, en la instrucción del pensamiento, y en la dirección de los sentimientos. Un pueblo virtuoso vivirá más feliz y más rico que otro de vicios, y se defenderá mejor de todo ataque”. Y aun añade Martí: “Un pueblo de hombres educados será siempre un pueblo de hombres libres. La educación es el único medio de salvarse de la esclavitud”.

Y la nueva esclavitud se manifiesta en los despropósitos de mantener al hombre parcelado, exento de lo más elemental que es para él la enseñanza y la cultura. Es así como se mata al individuo y al colectivo, en definitiva, a pueblos enteros. La ignorancia es el arma más nociva con que el llamado nuevo orden universal utiliza para anular y alienar al ser humano. La ignorancia es la máxima aliada de la miseria material e intelectual del hombre. En contraposición a esto, está la directriz de José Martí, que dice: “Una escuela es una fragua de espíritus; ¡ay de los pueblos sin escuela! ¡ay de los espíritus sin templo!”

A la luz del pensamiento de Martí, podemos ver el verdadero perfil de un mundo globalizado, capaz de extorsionar y alterar realidades, empezando por atrofiar y manipular a mentes de una u otra clase. La enseñanza es el primer objetivo a manipular. En el Norte, el llamado primer mundo, como en el Sur, el conocido tercer mundo, las prioridades de la enseñanza y de la cultura tienen fines diversos y concretos. En el Norte, sus clases sociales tienen acceso a la enseñanza privada, sin por ello escapar de los canales de manipulación y absorción y hacerles ver realidades sin estar en ellas. He aquí la corrupción y la atrofia mental que no deja de ser una preocupación latente en el mundo globalizado. Pero en todo el tercer mundo la usurpación y la rapiña de los países ricos son implacables, ya no llegan sólo a manipular sino a negar lo más elemental que es la educación, la cultura y el conocimiento científico sobre su espacio natural. Y es aquí donde laten los desequilibrios del mundo, que Martí detectó empíricamente en su tiempo. Por eso ha sido su afán y su lucha, desde una Cuba colonizada por España que, al mismo tiempo veía las intenciones del vecino del Norte.
 

Atrofiar las mentes por un lado y anularlas por otro, por medio de dosificar enseñanza y cultura, a unos, y negárselas a otros. Esta es la gran preocupación de los que buscamos el Equilibrio del Mundo, como lo hizo José Martí. Sobre este tema de la educación, transcribo la siguiente opinión del filósofo español, Emilio Lledó, que advierte sobre la globalización: “La educación es la generadora de libertad, la que crea lenguaje, y, con ello, posibilidades al pensamiento, la que lucha por la racionalidad. Por eso los que pretenden ejercer dominio sobre el desarrollo de la personalidad intentan apoderarse de esos cauces educativos. La formación en unas estructuras educativas liberadoras nos hace escapar de la sumisión, del atontamiento”.

Del impacto de una economía globalizada, basada en la movilidad de esos imperios comerciales y financieros, no se libra la educación que se ve atenazada por esas políticas de privatización, del menosprecio a lo público y a lo colectivo; el desajuste laboral de los profesionales al mantenerlos en niveles no aptos para impartir una enseñanza de calidad y que son destinados en función del baremo de utilidades de clase. Las políticas de enseñanza aplicables por diversos gobiernos occidentales emergen de esa política clasista y totalitaria que viene dada por leyes y conceptos surgidos de la globalización. Frente a este problema está en marcha un movimiento amplio de profesionales de la educación y de ciudadanos de todo el mundo que se oponen a esta imposición globalizadora. Digamos que ha surgido una vanguardia de profesionales de la educación y de ciudadanos capaces de generar un modelo nuevo; un frente revolucionario que se oponga al monopolio exclusivo que intentan imponer los países ricos, encabezados por Estados Unidos. Y es aquí en donde se trata de restaurar el Equilibrio del Mundo, al cual aspiraba José Martí. Y quizás esta nueva expresión coincida con el modelo de una escuela libre, popular y participativa, de la cual señalaba Martí en 1878: “Y los jóvenes se animan. Discuten con el maestro, al texto, al libro de consulta. Tienen cierto espíritu volteriano, que hace bien. Rechazan la magistral imposición, lo que también es bueno. Anhelan saber para creer. Anhelan la verdad por la experiencia; manera de hacer sólidos los talentos, firmes las virtudes, enérgicos los caracteres. Pero en los pueblos está la gran revolución. La educación popular acaba de salvar a Francia; yo la vi hace tres años, y auguré en forma segura, de muy pocos creída, su triunfo sobre cualquier nueva reacción”.

La tendencia que observamos en la globalización de los medios de comunicación, de la enseñanza y de la cultura, por medio de un consumismo que esclaviza al individuo mas allá de sus posibilidades y de su fuerza creativa, invalida valores humanos y revolucionarios que limitan la capacidad de colectivos e incluso de naciones, en la búsqueda de su propia realidad originaria. La globalización trata de que el hombre sea duplicado, tal como nos lo relata el escritor y premio Novel de literatura, José Saramago.

Dice Noreena Hertz, en su libro: “El poder en la Sombra”, que “El orden mundial depende más de unas multinacionales tan grandes y poderosas como muchos Estados-nación que de los gobiernos, y si entran en conflicto, ganan las multinacionales”. Esto lo comprobamos en el Estado-imperial del Norte, cuyas multinacionales deciden sobre políticas de intervención para expoliar a otras naciones. En este contexto, podemos observar el diseño, puro y duro, de las multinacionales de la enseñanza que generan diversos modelos de educación exclusivista y alienante. Sin olvidar el dominio de las altas tecnologías, cada vez más, puestas al servicio de los poderes fácticos y no al servicio de las masas populares más necesitadas.

En este parámetro, quiero recordar aquí las palabras del Presidente de Cuba, Fidel Castro, sobre la globalización neoliberal, de la que dijo: “La marginalidad, fruto de las enormes diferencias de ingreso, produce en la educación consecuencias desastrosas; no hay la más mínima igualdad en las perspectivas de un niño pobre y un niño con los ingresos mínimos indispensables y, prácticamente, afecta a la mitad de los niños de América Latina y el Caribe. Esta real tragedia requiere respuesta”.

El mundo de hoy necesita de respuestas contundentes contra la marginación, la desigualdad y la expoliación de materias primas. Y para ello necesitamos, como decía José Martí, de “Revolucionarios útiles que comprendan que las revoluciones son estériles cuando no se firman con la pluma en las escuelas y con el arado en los campos”. Cuba supo mantener, en su Revolución, esta experiencia histórica. Por eso José Martí es una referencia constante en los cambios cíclicos del mundo. Es por ello, el icono y el espejismo más fiel y contundente de la libertad de América Latina, frente a cualquier atisbo imperialista. José Martí es patrimonio de la humanidad, como maestro, pensador y doctrinario de un nuevo orden donde el individuo, el colectivo y la nación no exploten a sus semejantes

Pablo de la Torriente Brau en la historia memorizada

Pablo de la Torriente Brau en la historia memorizada

Pablo de la Torriente Brau en la historia memorizada
Xosé Lois García
Rebelión
 

Llega a su fin el llamado "Año de la Memoria Histórica" (permítase la redundancia entre memoria e historia) en que se recuerda el inicio de la Guerra Civil española (1936-1939) y se conmemoran las gestas de aquellos hombres que lucharon por la libertad y en favor del gobierno legítimo de la II República y contra el fascismo. Un año que ha habilitado el recuerdo de volver a la contundencia de los hechos; en abrir el debate a nuevas generaciones con la presencia mermada de los que lucharon en las trincheras y los que perfilaron un espíritu combativo frente a la intolerancia fascista, con el deseo de acabar con aquella "España de charanga y pandereta".

En este memorando hay cientos de miles de nombres de combatientes y represaliados por el franquismo. En este recordatorio la memoria incide en Pablo de la Torriente Brau (San Juan de Puerto Rico, 12 de diciembre de 1901-Majadahonda (Madrid), 19 de diciembre de 1936), el joven cubano que vino al frente de Madrid a combatir el fascismo perdió su vida. Cercanos ya al 19 de diciembre tenemos que recordar a este revolucionario cubano que puso todo su talento y acción en favor de una causa noble como era la libertad de los oprimidos de España y frenar las diversas corrientes fascistas que habían escogido a España como escenario de mayores aventuras bélicas. Pablo de la Torriente pertenecía a aquella generación de jóvenes concienciados y bregados en la lucha contra la dictadura de Gerardo Machado en Cuba que pasaron a ser reprimidos, encarcelados y exiliados.

De la Torriente estaba en la nómina de los aparatos represivos cubanos, por ser un luchador contra las tiranías de los Machado y de los Grau. Hablamos del período de 1933-35, cuando en Cuba se promovían las huelgas bajo el auspicio del movimiento estudiantil. Aquel período fue el precursor de una conciencia y de una consolidación que nos alecciona bastante bien sobre el triunfo de la Revolución cubana de 1959.

Todos estos acontecimientos contribuyeron a que Pablo de la Torriente huyera de Cuba y se refugiase en los Estados Unidos (1935). En Nueva York le sorprende la noticia del inicio de la Guerra Civil española, el 18 de julio de 1936. Él conocía España, de chico viajó a Santander con su padre, dado que su abuelo formaba parte de aquella saga familiar de los de la Torriente cántabra. España no solamente era una referencia familiar para Pablo sino que aquellas impresiones de infancia con la gente montañesa, pobre y solidaria que compartía sus pocos enseres que tenía le estimuló a defenderla. Y esto se venía a sumar a su ideología marxista, motor de sus acciones e inquietudes.

La toma de decisión de Pablo de la Torriente de participar en la Guerra Civil española, en sus primeros momentos, fue sólida después de escuchar un mitin en Unión Square en el cual se pedía apoyo y reclutamiento para intervenir a favor de la República española. En aquel entonces el estaba en los Estados Unidos y no era fácil desde allí trasladarse a España por su estatus de refugiado. Pablo era un reconocido y ardiente periodista, a quien se le debe numerosos artículos sobre acontecimientos políticos y sociales por los que pasaba Cuba. En este caso, él buscó una credencial que le posibilitase su traslado a España y la consigue como corresponsal de guerra de la revista "New Masses" de Nueva York, del periódico "El Nacional" de México y de "El Machete", órgano del Partido Comunista de México.

La toma de decisión la manifiesta con estas palabras: "He tenido una idea maravillosa: me voy a España a la revolución Española". No dice me voy a la guerra sino a la revolución. Y esto nos aclara mucho sobre la motivación ideológica de Pablo de la Torriente. La guerra era un medio para ganar la revolución. La mayoría de los españoles que participaron en aquella conflagración hablan de guerra y muy pocas veces de revolución. Pablo de la Torriente conocía los términos y los valores y así los matizaba coherentemente, como podemos ver en sus cartas y artículos, que envió a los citados periódicos y, en los cuales, hizo mucho énfasis en el proceso revolucionario que se vino gestando en todo el período preguerra de la II Republica y que durante la confrontación se promocionaron los valores revolucionarios para contrarrestar el fascismo en sus diversas direcciones.

Pablo de la Torriente fue uno de aquellos participantes solidarios que se incorporó muy prematuramente a la primera línea de combate. Sale de Nueva York el 1 de setiembre de 1936 y el 24 del mismo mes se integra a aquel "No pasarán" del heroico frente de Madrid, a uno de los regimientos más duros y combativos como fue el comandado por Valentín González, El Campesino, donde Pablo de la Torriente fue comisario político. En todo ese período que va del 24 de setiembre al 19 de diciembre, fecha de su muerte -como ya queda señalado-, descubrimos a ese joven de treinta y cinco años en sus más extraordinarias dimensiones como un hombre de pensamiento. Más allá del político y del estratega militar encontramos al hombre de cultura y al apasionado de ganar la guerra para poner en práctica la revolución. Su espíritu combativo parte de aquel humanismo y de aquel aprendizaje martiano muy presente en todas las batallas dialécticas que se produjeron en Cuba, su pensamiento lo hay que entender desde este parámetro.

Si nos detenemos en su libro: "Peleando con los milicianos", publicado en Cuba en 1962, con un excelente prólogo de Juan Marinello, nos damos cuenta que esas 252 páginas de lo que son las cartas enviadas y los artículos periodísticos publicados abren un camino informativo y de interpretación que pocos periodistas o cronistas de guerra han revelado con la nitidez como lo hizo Pablo de la Torriente. Él supo orientar en dos direcciones su misión de periodista y de combatiente. Y no es fácil separar y, al mismo tiempo, conjuntar estos dos parámetros con la lucidez que observamos en sus escritos. Naturalmente, él buscó la noticia; dio la noticia de los acontecimientos in situ, pero también los dimensionó porque él participaba del desarrollo de los mismos. Por supuesto que supo crear noticia en un horizonte nuevo como era el espacio bélico en la Sierra de Guaderrama, donde el estaba a las órdenes de Paco Galán el jefe de la brigada.

La naturaleza de su periodismo de contienda tendría un cambio cualitativo al que no estaba acostumbrado en Cuba y en Nueva York. El escenario le obliga pero no lo domestica y sus escritos parten de valores ideológicos. Pablo de la Torriente era marxista y esto se nota en el momento de concretar los hechos y las circunstancias que se desencadenaron. Queremos decir que en sus cartas como en sus artículos observamos que es una persona muy minuciosa y que lo que escribe no lo hace al estilo de crónica de guerra, como era habitual en periodistas normales que cubrieron la información de la Guerra Civil española. No en todos, pero una gran mayoría incurría en ese modelo de información cerrada.

De la Torriente, además de fornecer de alma nueva a la noticia propició en ella lo concreto de lo vivido y observado y estableció un diálogo con los hechos, no para provocar al lector sino para situarlo en un escenario obligadamente el que él concibe y le interesa divulgar lo concreto de aquella lucha. Las cartas y las crónicas de Pablo de la Torriente mantienen vivo su pragmatismo que nunca cercenó la veracidad de los acontecimientos ni se dejó llevar por la pasión personal o por una euforia de circunstancias. Como buen revolucionario entabla dos batallas, una contra el fascismo y otra contra el tiempo. Intenta no dejarse atrapar por ninguno de ellos. En una de sus cartas, señala: "Trabajo sin descanso. Me sobran energías, pero me falta tiempo. Debía prolongarse el tiempo, aunque fuera por un decreto revolucionario". Con creces supero estas precariedades y aventajó al reloj. Y todo esto se debe a un espíritu encendido que buscaba las cosas para entender su lenguaje y asumir su propio respiro.

Lo que nos fascina de Pablo de la Torriente es su fecunda y acelerada traslación para escudriñar los acontecimientos y, sobre todo, la manera de concurrir a las fuentes originales que fomentaban información. En una guerra es frecuente llegar a las fuentes de información desde su rango de comisario político. Pero estamos ante un comisario político muy especial y mentor de otros procesos que experimentó en Cuba. Todo esto le dio gallas para alcanzar otras vicisitudes que necesitaban los medios de información a los que él enviaba sus noticias. En aquella incontinencia de buscar y transmitir la realidad, Pablo de la Torriente fue el periodista que supo concretarse en cada uno de los factores que la materia periodística requería, en función de los acontecimientos que se desarrollaban en el cerco de Madrid.

Pero la guerra no sólo es el componente necesario que él necesitaba para avanzar ante el enemigo. A todo esto, antepone la revolución como fuerza motriz de una ideología y en su radio de acción hace un exponente básico para no limitar todo en función de la acción bélica. Para luchar había que tener conciencia de clase y para ello había que estimular a aquellos campesinos reclutados, en gran mayoría analfabetos, para que estuviesen a la altura de saber que el verdadero motor de aquel fusil que empuñaban era la ideología. En efecto, cultura y combate fueron de la mano en todos los frentes republicanos. Entre los comunistas había un enorme entusiasmo para que el fusil conviviese con los libros. Pablo de la Torriente era un combatiente con enorme predisposición en alentar la lectura, el debate y otras expresiones culturales.

En Pablo de la Torriente observamos el fervor y la inquietud por interrelacionar el proceso de combate con el proceso cultural. Y en el frente de Madrid hizo los posibles por encontrarse con Rafael Alberti, María Teresa León, José Bergamín, Lorenzo Varela, Antonio Aparicio y tantos otros intelectuales fieles a la República. Se encontró, también, con el gallego-cubano, Lino Novás Calvo, uno de los grandes narradores que dio Cuba y que se encontraba defendiendo la causa del Frente Popular. Lo más prodigioso de estos contactos es el encuentro que tiene Pablo de la Torriente con un joven pastor de ovejas de Orihuela de veintiséis años, llamado Miguel Hernández. El descubre su enorme talento y lo lleva para su brigada como comisario cultural. Pluma y fusil hermanados. La épica de una gestión cultural de enorme calado empieza a dar sus frutos. Miguel Hernández, ese enorme poeta del pueblo, en aquellas circunstancias, escribe, recita y dinamiza un nuevo ambiente que se manifestó en la creación de boletines y otros escritos que se distribuían en el frente.

Algunos de los biógrafos de Miguel Hernández apuntaron que uno de los grandes mecenas en descubrir a éste gran poeta, en el campo de batalla, fue Pablo de la Torriente. En una de sus cartas, escribe: "Y ayer tuvimos dos reuniones importantes en el cuartel: una fue una reunión de todos los oficiales de la brigada, tomándose importantes acuerdos sobre la disciplina, organización, etc., y la otra una función que improvisamos en la nave de la iglesia, con la colaboración de María Teresa León, Rafael Alberti, Antonio Aparicio, Emilio Prados y Miguel Hernández, y en lo que participaron también varios milicianos y milicianas". Y seguidamente señala: "Por otra parte, tenemos unos cuantos discos entre los que hay alguna rumba. Hay que divertir al hombre en la guerra; hay que hacer que se olvide de ella, cuando por casualidad, como ahora, se nos ha dado la oportunidad de un relativo descanso. Y a parte de todo esto, hemos dotado a cada compañía de un maestro, con una campaña intensiva para que todo el mundo sepa firmar el próximo pago. Y muchos están aprendiendo ya a leer y escribir".

Son muchos los registros que revelan al combatiente inquieto que le apasionaba encontrar la verdad de los otros desde su praxis revolucionaria. Desde el primer momento en que se integra en la batalla contra el cerco de Madrid le interesa propiciar el hombre nuevo, como fruto del proceso revolucionario, ético y cultural que se estaba desarrollando. Esta reafirmación es uno de los códigos de conducta que revela, con entusiasmo apasionado, sus ansias por cambiar la historia de un país, como España, que en muy diversas circunstancias los poderes fácticos no contribuyeron a mejorar a proletarios y a campesinos que, contrariamente, los explotaron y los discriminaron secularmente.

Pablo de la Torriente se incorporó a esa solidaridad con aquel pueblo humillado y vio la oportunidad que aquellos "parias de la tierra" eran capaces de romper sus cadenas. En su libro: "Peleando con los milicianos", señala: "Salen los niños en los grandes "buses", cantando, alegres, agitando sus banderitas rojas. Nadie piensa que muchos no tendrán padres. Y nadie lo piensa, porque la revolución es la madre de todos; ella parirá, con más sangre y dolor que ninguna madre, un pueblo nuevo".

Estos testimonios revelan al luchador emergente en su espacio colectivo donde no hay cabida para lo individual. Pablo de la Torriente ha entendido muy bien el mensaje de Marx y Engels, para superar al ser individualista. Pero también sorprende su mensaje nuevo al hablarle a las masas con un lenguaje cercano, legible y de convencidas contundencias. No bastaba estar en el frente para disparar y escribir, había que conectar con el pueblo para incorporarlo a la causa revolucionaria, como muy bien señaló: "El día 2 de este mes -se refiere al mes de diciembre- fui, en unión de dos oficiales y de Miguel Hernández, a dar un mitin a Mejorada del Campo, con el fin de hacer propaganda de reclutamiento".

En esos escasos tres meses de permanencia en el frente parece que todas sus actividades eran imposibles de ejecutarlas en tan poco tiempo como él lo ha hecho y, también, nos sorprende su movilidad de profundo calado, ejerciendo como periodista y entrevistando a muy diversos mandos superiores del ejército republicano, a estadistas a intelectuales y hombres de letras. Hizo prevalecer su opinión sobre la táctica a realizar en no muy pocas acciones en el frente.

Es extraordinario ver como este intelectual cubano fue capaz de transformarse y de proceder, en cada circunstancia, de una manera exigente y en función de lo que en cada momento la realidad reclamaba. En este sentido, creó espacios revolucionarios para ser habitados y dirigidos, no de una forma de suplencia o de interinidad sino con una firmeza poco habitual. Pablo de la Torriente fue un revolucionario no un guerrero, en el sentido clásico de la palabra, y su motivación, en función de los hechos expresados y consumados, lo vemos actuar como un enorme ideólogo marxista, estimulado por la acción revolucionaria y, con aquel espíritu abierto a las contundencias, llegó a ser un enorme combatiente a favor de la revolución deseada. Aunque la guerra fue para él un medio, hacer triunfar la revolución era su fin.

En aquella revolución, en la cual creían y actuaban los mejores combatientes que se batieron con los fascistas, Pablo de la Torriente fue uno de los que mejor encarnó el internacionalismo proletario, con rigor y lealtad, juntamente con aquellos que vinieron auxiliar al Frente Popular. De la Torriente, representó, también, la sabia joven de aquellos brigadistas internacionales que apostaron por la revolución en España. Muchos de ellos encontraron la muerte en los frentes de guerra y otros sobrevivieron siendo fieles a aquella conducta de solidaridad y de estar al lado de los que deseaban cambiar "A España toda,/ la malherida España, de Carnaval vestida/ nos la pusieron, pobre y escuálida y beoda,/ para que no acertara la mano en la herida". Estos versos de Antonio Machado personifican, puntualmente, la tragedia de un pueblo sometido y alienado que aspiraba a liberarse, como bien expresan estos otros versos machadianos: "Mas otra España nace,/ la España del cincel y de la maza,/ con esa eterna juventud que se hace/ del pasado macizo de la raza./ Una España implacable y redentora,/ España que alborea/ con una hacha en la mano vengadora,/ España de la rabia y de la idea".

En las páginas de "Peleando con los milicianos" se agranda y se verifica aquella idea de la España escuálida de Machado que el propio Pablo de la Torriente apostó por la liberación de sus hermanos españoles, con rabia y con idea. Una idea que no estaba acondicionada a ningún privilegio personal. Por eso es que, para nosotros, la lucha y la muerte de Pablo de la Torriente Brau no puede ser nunca una curiosidad sino una referencia. Una apuesta por la verdad y por la utopía. El sueño utópico que los cubanos heredaron del carácter ibérico, puesto en escena y en trance, al entregar la vida por la causa de los que aspiraban a terminar con la explotación colectiva.

El escritor Lino Novás Calvo y el poeta Antonio Aparicio nos describen el impacto de su muerte en Majadahonda, aquel 19 de diciembre de 1936. Lino señala algo conmovedor: "Los camilleros le habían recogido al pié de la loma por la cual se habían descolgado los fascistas, lo velaban arrimados a sus varas. Semejaban una guardia de labriegos, erguidos, taciturnos, oscuros, tristes y silenciosos". Este ceremonial de silencio estaba presidido por el comisario de cultura de la brigada del Campesino, el poeta Miguel Hernández. A Pablo se le entierra en el cementerio de Chamartín el 23 de diciembre. Fue embalsamado con la idea que en la toma posible de dicho cementerio, por los fascistas, su cuerpo sería ultrajado y esto permitió que a principios de 1937, los cubanos que estaban en campaña y auspiciados por el también cubano Lelio Álvarez, lo trasladasen al cementerio de Montjuic de Barcelona, con la idea de llevarlo a Cuba. Allí estuvo en el nicho 3772 hasta la toma de Barcelona (1939) por los fascistas, y sus restos fueron depositados en una fosa común. Este nicho, fue un lugar de encuentro de cubanos que luchaban en los frentes de Cataluña y por españoles, para venerar y honrar al heroico revolucionario.

En este año de la memoria, Pablo de la Torriente Brau, después de 70 anos de su muerte, tiene un lugar prodigioso y un aposento altivo en la historia de España, dado que su acción y su obra, nos sirven para el reencuentro de ideas entre las gentes de las dos orillas del Atlántico. Leer a este periodista, intelectual y revolucionario nos llevará siempre a entender que la solidaridad no permite fronteras

La herencia revolucionaria de Fidel Castro

La herencia revolucionaria de Fidel Castro

Xosé Lois García

Rebelión 

Introduciéndonos en la historia de Cuba y en la vida y acción de Fidel Castro Ruz, nos damos cuenta de ese cordón umbilical que une al pueblo cubano con el líder de su Revolución. Esa acción no está configurada ni por artificios ni por voluntarismos esporádicos. La presencia de heroicos hechos en la historia de Cuba nos remite al ideario de Fidel configurado por su pragmatismo dialéctico y por su praxis revolucionaria. Su conocida frase: “La Historia me absolverá”, pronunciada en el juicio del Moncada, el 16 de octubre de 1953, verificamos en ella una serie de matices que configuran ese contexto de la historia revolucionaria cubana. En aquel famoso juicio, Fidel respondió a la pregunta de quien era el mentor del asalto al Moncada, diciendo: “Martí es el autor intelectual del 26 de julio”. Posiblemente el sórdido tribunal no alcanzó a comprender la dimensión de esta frase rotunda y llena de un contenido político incuestionable. Fidel indicó en pocas palabras la presencia del ideario del apóstol de la independencia, José Martí, en aquella acción del Moncada.

La conexión entre la lucha de Martí por la independencia de Cuba y la acción revolucionaria de Fidel, en todas sus contingencias y dimensiones, se vinculan en una serie de temarios que unifican a los dos próceres. Sin duda, Fidel tuvo un sobresaliente aprendizaje en la obra de Martí y, también, en la acción que el fundador del Partido Revolucionario Cubano desarrolló en muy diversas contingencias en aquella Revolución que aspiraba a conquistar la libertad de los cubanos frente al colonialismo español. He aquí todo un referente de sugerencias invulnerables sobre la soberanía de Cuba.

El triunfo revolucionario de independencia en 1898 y la consolidación revolucionaria de 1959 tienen símiles que no se deben olvidar y menos desconfigurar. En los dos estadios revolucionarios observamos que no hubo exclusividad étnica (caso de las fuerzas mambisas) ni rechazo a la integración solidaria e internacionalista de dirigentes no cubanos como es el caso del general dominicano, Máximo Gómez, estratega en la lucha por la independencia, y del argentino Ernesto Che Guevara, heroico guerrillero de Sierra Maestra y protagonista en la liberación de La Habana bajo la dictadura de Batista en 1959.

La carta que envía Martí a Máximo Gómez en 1884, contiene un aleccionador mensaje revolucionario que no debemos olvidar en el momento de estudiar las acciones revolucionarias de Fidel. La misiva dice lo siguiente: “...cuando en los trabajos preparatorios de una revolución más delicada y compleja que otra alguna, no se muestra el deseo sincero de conocer y conciliar todas las labores, voluntades y elementos que han de hacer posible la lucha armada, mera forma del espíritu de independencia, sino la intención, bruscamente expresada a cada paso, o mal disimulada, de hacer servir todos los recursos de fe y de guerra que levante el espíritu a los propósitos cautelosos y personales de los jefes justamente afamados que se presentan a capitanear la guerra”. Estas palabras de José Martí nos llevan más allá de una estrategia militar y a la convicción de que no hay estrategia revolucionaria sin una fuerte dosis de humanismo revolucionario.

En los discursos de Fidel y en los escritos del Che quedan muy bien especificados estos valores humanistas de una verdadera Revolución en la que está involucrado el propio pueblo. Respecto a esto, Martí matizó el valor revolucionario en una carta dirigida en 1887 a José Dolores Poyo, en la cual dijo: “Y lo que más da que temer la revolución a los mismos que la desean, es el carácter confuso y personal con que hasta ahora se le ha presentado; es la falta de un sistema revolucionario, de fines claramente desinteresados, que aleje del país los miedos que hoy la revolución le inspira y la reemplace por una merecida confianza en la grandeza y previsión de los ideales que la guerra llevará consigo en la cordialidad de los que la promueven, en el propósito confeso de hacer la guerra para la paz digna y libre, y no para el provecho de los que sólo vean en la guerra el adelanto de su poder o de su fortuna”. Esta incuestionable dignidad revolucionaria tiene un valor sorprendente contra el oportunismo de aquellos que se involucran sin un ideario revolucionario y con la intención de mercadear con la Revolución.

Martí salió al paso sobre estos factores de riesgo y Fidel advirtió severamente en su discurso del 26 de julio de 1966, conmemoración del XIII Aniversario del Asalto del Moncada, al señalar: “Conciencia revolucionaria, cabalmente, no la poseemos ni los mismos hombres que hemos estado dirigiendo esta revolución. Ideas revolucionarias, intenciones revolucionarias, buenos deseos revolucionarios, pero conciencia revolucionaria, una verdadera cultura revolucionaria, una verdadera conciencia revolucionaria, muy pocos. Y esa masa, esa masa, fue adquiriendo conciencia en el proceso revolucionario, esa masa fue adquiriendo la cultura revolucionaria y la conciencia revolucionaria a través del proceso. Porque las masas lo que sentían era la opresión, lo que sufrían eran las necesidades, y tenían, todo lo más, una conciencia vaga de que algo andaba mal, una conciencia vaga de que era explotada, de que era preterida, de que era humillada”.

Sin duda, Fidel enmarca este proceso dentro de lo esencial del contexto martiano y es así como la autocrítica se hace necesaria delante de ciertas incomprensiones. A Fidel siempre le apasionó el debate, la beligerancia de un debate abierto y sin paradigmas y, también, exento de politiqueos desordenados que confunda al pueblo. La Revolución es el más noble ejercicio del ser humano y, en este caso, Fidel siempre incidió en la Revolución mental, la que es capaz de transformar al vetusto y alienado hombrecillo en hombre nuevo. En este aspecto, todos sabemos el alto grado de este significado y lo que significa en el concierto de la ideología marxista.

La ideología como necesidad revolucionaria la vemos harmonizada científicamente en los más diversificados parámetros de la dialéctica fidelista. Por tanto, no hay lugar para la improvisación y pocas son las dudas o las vacilaciones que pudiésemos admitir en sus discursos revolucionarios. Aún resuena ese impacto exclamatorio sobre la ideología de un revolucionario socialista como Fidel, en el II Congreso del Partido Comunista de Cuba, al significar: “Ideología es ante todo conciencia; conciencia es actitud de lucha, dignidad, principios y moral revolucionaria. Ideología es también el arma de lucha frente a todo lo mal hecho, frente a las debilidades, los privilegios, las inmoralidades. La lucha ideológica ocupa hoy para todos los revolucionarios, la primera línea de combate, la primera trinchera revolucionaria”. Y las trincheras revolucionarias en Cuba tienen un significado basado en la dignificación de un pueblo, con un largo aprendizaje y de significada proyección en la lucha contra las humillaciones impuestas por el otro.
En 1823, el quinto presidente de los Estados Unidos, James Monroe lanzó al mundo su lapidaria frase: “América para los americanos”. Todos sabemos para qué clase de americanos era esta escueta advertencia imperialista. Desde entonces, parece que su dedo pulgar fuese disecado y erigido para fustigar y amedrentar al Sur americano con dicha advertencia. Y el primero en implorar desobediencia fue Martí, al señalar de una manera muy sutil: “Impedir que las simpatías revolucionarias en Cuba se tuerzan y esclavicen por ningún interés de grupo, para la preponderancia de una clase social, la autoridad desmedida de una agrupación militar o civil, ni de una comarca determinada, ni de una raza sobre otra”. Este es uno de los textos más rotundos y clarificadores de un revolucionario de la estirpe de José Martí. Así aconteció, desde 1902 a 1959 los intereses nacionales de Cuba estuvieron dirigidos por el dedo de Monroe, y todos conocemos la historia de un poder foráneo imponiendo frustración a un pueblo que había conquistado su independencia. Pero si Cuba había conquistado su independencia también había admitido la dependencia económica y cultural por la imposición de los vende pueblos, como Tomás Estrada Palma y su camarilla.

A todo esto tenemos que añadir una tenaz resistencia bajo el ideario de Martí. El asalto al cuartel Moncada (1953) confirma que una nueva generación de cubanos hizo tambalear el dedo de Monroe y obligarlo a cambiar de dirección. En este nuevo escenario surge el dirigente Fidel Castro haciendo cumplir el legado de Martí, con otro rol adaptado a una nueva era donde las experiencias del neocolonialismo y de la burguesía intermedia obligaban a frustrarlas y derrotarlas. Una nueva era vino a lacerar al imperialismo en Cuba. Por tanto, América Latina tenía una referencia para su liberación en los nuevos acontecimientos de 1959 en la isla caribeña. Fidel fue capaz de crear condiciones al verificar el tiempo y el espacio, aprovechando las circunstancias favorables. Estas circunstancias las advierte Jean Paul Sastre, en sus crónicas de Cuba, tituladas: “Huracán sobre el azúcar”: “Cuba quiere renunciar a su economía colonial, y eso quiere decir que, a las estructuras clásicas del subdesarrollo (industrias de extracción con grandes inversiones extranjeras, producción agrícola), el Gobierno se propone añadir un sector esencial desarrollando las industrias de transformación”. Por tanto, Fidel es contundente en la estratificación de crear nuevas condiciones que vulneren y liquiden el viejo sistema de explotación colonial y de clase.
En este sentido, tenía razón Carlos Marx, al señalar en “El dieciocho brumario de Luis Bonaparte”: “Los hombres hacen su propia historia pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y trasmite el pasado”.

Este texto de Marx clarifica perfectamente el alcance del pasado revolucionario cubano como se entrelaza y alecciona la Revolución de 1959. En este sentido, el pensador y revolucionario cubano, Carlos Rafael Rodríguez, señaló: “Si Martí, en los albores del socialismo, había sido capaz de apreciar la riqueza humana y social de Carlos Marx, para la que estaban aún ciegos tantos dirigentes políticos e intelectuales en los finales del pasado siglo; si Mella comprueba en la jefatura del movimiento estudiantil la necesidad de buscar en el proletariado una base de acción cada vez más sólida; Fidel Castro, hijo de terrateniente, discípulo de los jesuitas, pero imbuido de un sentido de justicia que se expresa ya, como él ha narrado, en la órbita familiar infantil, y crece a la medida que la escena se le va agrandando, tenía que descubrir tempranamente el filo revolucionario y el sentido humano y social de las teorías de Marx”.

Es verdad que José Martí ya tenía insinuado las bondades y voluntades de Marx en favor del proletariado, de una forma benévola más que de tomar decisiones para que sus teorías fueran asumidas por el Partido Revolucionario Cubano. Es verdad que el proyecto de este partido estaba en la fase de lucha de liberación nacional. El 29 de marzo de 1883, desde Nueva York, Martí escribe un artículo para “La Nación”, del cual extraemos estos fragmentos: “Karl Marx ha muerto, como se puso del lado de los débiles, merece honor. (...) Karl Marx estudió los modos de asentar al mundo sobre nuevas bases, y despertó a los dormidos, y les enseñó el modo de echar a tierra los puntales rotos. (...) Karl Marx es llamado el héroe más noble y el pensador más poderoso del mundo del trabajo”.

La Revolución cubana a partir de 1959 entra en una serie de fases, en la década de los sesenta, que determinan la ruptura escalonada con el sistema de dependencia capitalista y, a partir de aquí, un nuevo modelo social se estructura para consolidar una sociedad sin clases. En estas contundencias, Fidel no insinuó caminos o vías hacia el socialismo fotocopiando o homologando otras experiencias revolucionarias sino que concurrió a las necesidades existenciales de los cubanos para recuperar y poner en orden los recursos que estaban siendo expoliados con el fin de dar viabilidad a un cambio estructural y revolucionario, aboliendo la explotación de una clase sobre otra. Aquellas actitudes de comandar una nueva acción combativa contra los terratenientes y dar a los campesinos las tierras por medio de una radical reforma agraria es en donde se consolidaron las credenciales más poderosas del posicionamiento revolucionario. Otro de los procesos revolucionarios más visibles fue la de combatir el analfabetismo en una sociedad, en los umbrales de 1959, que en su mayoría estaba sin escolarizar y el índice de analfabetismo era increíblemente alto.
Todas estas configuraciones en devolver la soberanía al pueblo, creó amenazas que se convirtieron en sabotajes y en actitudes antirrevolucionarias. Pero el verdadero revolucionario ya sabía de antemano que los poderes fácticos reaccionarios harían todo lo posible para volver al antiguo predominio del poder de privilegios. Y Fidel advirtió en aquel discurso del 28 de mayo de 1959, durante la inhumación de los restos de los expedicionarios del Corinthia, en el cementerio de Colón, lo siguiente: “...esta es una Revolución verdadera, que por ser verdadera, forman ya una legión sus enemigos, los eternos enemigos de los pueblos, los eternos explotadores de los pueblos; que por ser una Revolución verdadera, seguirá adelante, y que esta Revolución serena y generosa, pero firme, no dará un paso atrás, no dará un solo paso atrás porque tomamos muy en serio los deberes para con la Patria, tomamos muy en serio los deberes para con la Revolución”.

El pragmatismo de Fidel no admite vacilaciones ni lecturas gratuitas frente a unos hechos consumados. El pueblo cubano sabía de lo que hablaba el Comandante en Jefe. Después de lo de Playa Girón y Bahía de Cochinos y de los sabotajes a granjas colectivizadas y a escuelas, asesinando a profesores y alumnos, el pueblo cubano comprendió la firmeza de Fidel. Frente a estos desmanes la acción revolucionaria supo desarrollar y activar varios frentes y dispositivos de autodefensa popular con el fin de salvaguardar la Revolución y ampliar las vías al socialismo. Aquí empieza un cambio cualitativo, armonizado por esos valores y sentimientos de crear el hombre nuevo y de restaurar la dignidad negada.
En aquellos inicios de la consolidación revolucionaria, Fidel insistió en dos factores importantes para no frustrar las vías al socialismo como son el sentimiento y la sensibilidad por lo colectivo y, con ello, superar las ambiciones personalistas. Es aquí donde radica el sentimiento de la lucha revolucionaria con la necesaria firmeza de superar contradicciones. Esta especie de mística revolucionaria, donde los sentimientos y las sensibilidades se conjugan, la debemos entender en aquellos convencidos revolucionarios del Granma, convertidos en combatientes en Sierra Maestra. Tanto Fidel como el Che nos dejaron lecciones de amor y de renuncia a los intereses personales. Un nuevo humanismo saltaba a la palestra, y que era el prototipo de un árbol de profundas raíces, de tronco robusto y de hojas tiernas y resplandecientes.

En estos parámetros humanistas, Fidel es uno de los revolucionarios que más énfasis ha puesto en el tema que cada cubano debe pensar por si mismo. José de la Luz y Caballero dijo del pensador y presbítero Félix Varela: “el que nos enseñó a pensar”. Armando Hart Dávalos, concluyó: “Podríamos afirmar hoy que el maestro del Colegio El Salvador fue el que nos enseñó a conocer y Martí el que nos enseñó a actuar. Fidel, heredero de esta historia, nos ha enseñado a vencer”. La acción de Fidel, ante el nuevo rol revolucionario, fue la de crear condiciones para edificar el socialismo. Y toda la vanguardia revolucionaria puso su énfasis en que el pueblo cubano tenía que ponerse a pensar, a inventar procedimientos lógicos para desarrollar su Revolución socialista. El propio Hart enfatiza este hecho, al señalar: “Pensar, conocer, actuar y vencer, he ahí la clave y ello solo es posible si partimos de que “el decreto de lo humano” está en la facultad de asociarse. Pensamiento martiano comparable a lo que Carlos Marx en los Manuscritos filosóficos afirmó acerca de que el sujeto se hace objetivo en su relación con los demás sujetos”.

Por tanto, la Revolución cubana fue sensible a la recepción de pensamiento, a la libre expresión como elemento de transmisión y de conocimiento que amplió el debate para que la Revolución no se anquilosase. Pensar, por supuesto, es crear. Y sin ese esfuerzo de creación Fidel y su pueblo no serían capaces de afrontar los acontecimientos que las fuerzas reaccionarias imponían a Cuba y de prever los acontecimientos inmediatos. En todo ese proceso histórico, desde 1959 hasta la actualidad, el pensamiento ha sustituido a la improvisación que pudiese existir en los momentos más delicados de la historia revolucionaria en Cuba. Una Revolución sostenible y llena de contenidos supo resistir en los momentos más difíciles y sin replegarse o cambiar de horizonte.
 
¿Qué mayor sabotaje para un pueblo al estar bajo los efectos de un bloqueo qué dura varias décadas? Esta realidad ha frenado muchas de las aspiraciones que la Revolución tenía en proyecto y aunque ese proyecto no se ha frustrado si que se ha aplazado, porque Fidel supo definir las prioridades en cada momento con la respuesta precisa de un buen pensador revolucionario. En cierta ocasión, el Comandante en Jefe dejo claro lo siguiente: “El bloqueo es el arma más innoble: se aprovecha de la miseria de un pueblo para someterlo por hambre. No aceptaremos eso. Nos negamos a morir en esta isla sin alzar un dedo para defendernos o para devolver los golpes”.
Este mensaje, conciso y de resistencia, nos lleva a pensar que Fidel y sus compañeros de lucha asumieron un lúcido pragmatismo de resistencia para responder contundentemente a cualquier posibilidad de que el bloqueo evidenciase desunión y provocase fisuras. La contundencia de ese comportamiento innoble y orientado por los dirigentes políticos de los Estados Unidos es una de las agresiones mas repugnantes contra un pueblo que detesta de ser satélite del monstruo imperial porque muchos de los cubanos pueden repetir la famosa frase de Martí: “Conozco al monstruo porque viví en sus entrañas”.

La Cuba de hoy tiene motivos para estar orgullosa, por conservar su soberanía nacional y por no dejarse subordinar al gran gigante del Norte. Este orgullo y esta convicción se le debe a su propia fuerza y convicción revolucionaria; a estar en cada momento en las diversas trincheras resistiendo injurias, bloqueos e insidias. Fruto de esta resistencia se debe al activo de pensar. El propio Fidel siempre incitó a su pueblo a pensar con datos y estadísticas y rechazar vagas elucubraciones que impidiesen un desarrollo pragmático de la Revolución.
La Revolución cubana ha incrementado en Latinoamérica pasiones en las masas más pobres y humilladas; cambio de actitudes políticas, revoluciones frustradas por la ingerencia capitalista y otras en curso. Es decir, la Revolución de Fidel sigue siendo un referente para cambiar espacios de opresión por otros de libertad y soberanía para los pueblos que la padecen.

Si reflexionamos sobre Latinoamérica, nos encontraremos con dos personalidades de profundo protagonismo en su historia. Nos referimos a Simón Bolívar y a Fidel Castro. Bolívar fue capaz de liberar Suramérica del nefasto colonialismo español, encarnado por el déspota Fernando VII. Bolívar conquisto la soberanía de los diversos pueblos de América del Sur, pero lo que no realizó fue terminar con las oligarquías clasistas y opresoras que predominan hasta hoy. Fidel es el liberador de la clase oprimida en un país del hemisferio americano y ha construido un enorme legado de referencias para los pueblos oprimidos. Dos grandes próceres de América encarnan puntualmente un espacio y un tiempo diferente pero que se relacionan entre si. Liberación nacional (Bolívar) y liberación de la clase obrera y campesina (Fidel). Dos consolidaciones primogénitas que modelaron un nuevo panorama en la América de los siglos XIX y XX.

La obra e Fidel Castro, como dirigente de la Revolución cubana, es respetada y referenciada en toda la urbe, porque inspira confianza en un mundo que todavía no ha resuelto sus precariedades. Y esta simpatía está muy por encima de sus detractores. Sobre este tema quiero reproducir las palabras del poeta catalán, Salvador Espriu, nada sospechoso de izquierdismo, en una entrevista que le hice y se publicó en 1974. A la pregunta de que opinaba de Fidel Castro, Espriu me respondió: “No estoy a favor de las críticas que se hacen contra Fidel Castro, es más importante su obra y su personalidad que la de todos sus detractores. Cuando se hace una Revolución hay que ayudarla y no entorpecerla”.
Fidel Castro ha pasado el umbral de los ochenta anos, Cuba conmemora su cumpleaños y, en ellos, los avatares y las conquistas del hombre de ininterrumpida coherencia. Con los cubanos están millones de personas de todos los hemisferios del globo pensando en su obra y en su gran lección que ha dado a los oprimidos del mundo y que continuará haciéndolo por largo tiempo.

La sociedad gallega a principios del siglo XX en la novela “Gallego” de Miguel Barnet

La sociedad gallega a principios del siglo XX en la novela “Gallego” de Miguel Barnet

Xosé Lois García
Rebelión

Cuando leí por primera vez la novela, “Gallego” de Miguel Barnet, tuve la sensación de descubrir un universo nuevo de todo aquello que yo viví y leí sobre la emigración en Galicia. De la poca literatura que se ha hecho sobre varios niveles y espacios del drama emigratorio gallego de todos los tiempos, Miguel Barnet nos acerca a ese contexto de relaciones, de las causas y efectos de la emigración gallega. La investigación de Barnet sobre la Galicia que originó esta novela tiene doble mérito al tratarse este tema desde fuera; desde el lado receptor. No es fácil entrar en un contexto tan complejo como era el medio rural gallego de principios del siglo XX y captar extraordinariamente varias parcelas de aquellos ambientes, como el tema social, político, económico, religioso, sociológico, antropológico y etnológico. Todo el entramado narrativo de esta novela tiene un respiro vivo de aquella Galicia dramática y desesperada, muchas veces difícil de comprender desde la lejanía. Es verdad que esta novela es el relato testimonial de su protagonista, Manuel Ruiz, que confirma varios extremos de lo cotidiano gallego, relatado en primera persona. Aquí surgen todas esas connotaciones de la Galicia de su tiempo y de una manera directa o indirecta nos implica a todos los gallegos que hemos emigrado.

De la novela “Gallego” escogimos sus dos primeros capítulos como retrospectiva de la Galicia de principios del siglo XX, justo cuando Manuel emigra a Cuba en 1916, con 16 años. Para verificar una serie de tramas sociales de un ciclo histórico muy interesante a todos los niveles y que el propio narrador supo escoger muy bien para evidenciar los personajes de aquella Galicia subdesarrollada.

Los cinco capítulos que componen esta novela están tutelados por versos de la poetisa gallega, Rosalía de Castro. El primer capítulo titulado: “La aldea”, Barnet transcribe estos versos a son de prefacio, que dicen en gallego: “Galicia está probe/ Pr’a Habana me vou. ¡Adios, adios prendas/ Do meu corazón”. El relato lírico de Rosalía refleja el sentimiento de todo un colectivo deprimido y explotado, como era la sociedad gallega de mediados del siglo XIX, que trata de solucionar sus problemas existenciales por medio de la emigración. Esto se hace patente en la Galicia del siglo XX. Manuel Ruiz, en sus limpias y nunca tópicas reflexiones, explica que el 90% de la población gallega esta sumida en la marginación y en la pobreza. La infancia no alegre de Manuel, que queda huérfano de padre y se cobija al calor de su madre, abuelos y vecinos pobres que habitan ese deprimido y minúsculo microcosmos.

Miguel Barnet saca a la luz el drama y el desafío de aquella sórdida lucha de los pobres de aldea, cuando Manuel va desgranando varios aspectos de la sociedad gallega y, en concreto, de su propio medio. Nos habla del hambre; de una producción agrícola de subsistencia, donde el labriego se afanaba por crear y guardar algún excedente para comprar lo necesario, o lo que el no producía. Aquellos aullidos de los enfermos y la mortandad infantil de los años de la llamada “Guerra Grande”. La peste alemana, como se llamaba en Galicia, predominó de 1914 a 1918. Era una fiebre mortal que afectaba a los infantes. Los pobres no podían adquirir medicinas, así que las campanas de las aldeas repicaban a diario por las almas de los niños que subían al cielo –decían-. Si observamos los cementerios gallegos aún podemos ver numerosas cruces y lápidas dedicadas a los niños muertos de aquella época. Manuel es uno de los pocos que pudo contar aquel drama y buscar refugio en el rosario nocturno y en la curación de San Roque.

Miguel Barnet concentra la atención en este santo, abogado contra la peste y que tenía no pocos devocionarios en Galicia. El narrador establece ese contacto científico con la realidad de aquella época que le tocó vivir a Manuel, su personaje. Ejerce su profesión de etnólogo y logra transcender en los nexos devocionarios de San Roque. No pasan desapercibidas aquellas manifestaciones religiosas dedicadas a este santo francés, que además de ser el protector contra la peste, los aldeanos concentran en él diversas peticiones. El prodigioso artista, literato y político gallego, Daniel Rodríguez Castelao, en un dibujo anti-caciquil y compuesto en esta misma época narrada por Barnet, se ve una procesión con un San Roque y desde una ventana dos ancianos le hacen la siguiente petición que Castelao pone a pié de dibujo: “-¡Que San Roquiño nos liberte de médicos, abogados e boticarios!”. Este patetismo de la época, se recoge también en “Gallego” cuando Manuel, el adolescente de no muchas creencias, se acerca al santo y le dice: “Oye Roque, yo quiero progresar, sácame de aquí”. Castelao nos presenta una Galicia cercada por la peste, donde los médicos valen más que el enfermo y los abogados son los intermediarios del cacique para azotar a los campesinos. Aquí estamos en una visualización parcial de tres graves problemas, pero en “Gallego”, el problema es global al manifestar el protagonista que la única solución es emigrar. Una postura radical pero comprensible por esa asfixia social que padecía el entorno gallego. La redención de Manuel y otros era buscar la tierra de remisión: Cuba.

En “Gallego” hay una precisión narrativa de la realidad, en clave de ficción, que a la medida que vamos desgranando la situación del personaje central vamos descubriendo un país cuya historia o historias fueron reales. Esta novela no la debemos encasillar o ver como una crítica tan solo a una situación existencial. Se trata de un testimonio activo de un emigrante que relata las cosas de el, en primera persona, pero también las carencias infraestructurales de su país: Galicia. Y desde este punto de vista, el relato se presenta sin complejos y más que observar a una víctima vemos a un enorme colectivo de víctimas. Por lo tanto, los tiempos y espacios de ficción que se proclaman en esta novela, corresponden a una temporalidad espacial de la propia realidad.

Eugenio Suárez-Galbán Guerra, en su elegante y discernida crítica sobre “Gallego”, admite: “Su originalidad radica en eliminar todo conflicto entre ficción y realidad, ateniéndose rigurosamente a lo último, pero animando la narración con las ventajas estilísticas que provee el género novelesco. Los hechos siguen siendo los reales, pero el elemento mecánico y árido de la cinta que graba tal cual, y del entrevistado que acaso no conoce la magia de la auténtica conversación, se ven superados por una selección y un estilo que, de hecho, resultan más representativos de la realidad”.

Retomando la realidad, o una parcela de ella, volvemos al eco más activo con que Manuel cuenta su niñez en Arnosa, donde el fue un superviviente de las pestes, del hambre y de otras circunstancias. Si estas situaciones narradas las contrastamos con la Galicia real, sujetas al tiempo y al espacio de lo narrado, encontramos tremendos relatos periodísticos de la época como este de Federico García Lorca, que es fruto de un viaje que realizo a Galicia en 1917, un año después de que el personaje de la novela, Manuel, emigrase a Cuba. Dice Federico en el artículo titulado: “Un Hospicio Gallego”: “El patio es románico... En el centro de él juegan los asilados, niños raquíticos y enclenques de ojos borrosos y pelos tiesos. (...) Algunos, más enfermos, no juegan, sentados en recachas están inmóviles, con los ojos quietos y las cabecitas amagadas. (...) Todas las caras son dolorosamente tristes...; se diría que tienen presentimientos de muerte cercana. (...) Quizás algún día, teniendo lástima de los niños hambrientos y de las graves injusticias sociales, se derrumbe con fuerza sobre alguna comisión de beneficencia municipal, donde abundan tanto los bandidos de levita, y aplastándolos haga una hermosa tortilla de las que tanta falta hacen en España... Es horrible un hospicio con aires de deshabitado, y con esta infancia raquítica y dolorosa. Pone en el corazón un deseo inmenso de llorar y un ansia formidable de igualdad...”

Esta era la Galicia patética y real contada por foráneos que, si no a tiempo, nunca a destiempo, supieron poner el acento en aquellos problemas graves, sobre todo en uno: la carencia de justicia social. Así lo dijo Lorca y así la encontramos en clave narrativa en la novela de Barnet. Pero el novelista cubano nos revela otras connotaciones de aquella Galicia que, más allá del tópico impuesto por las clases dominantes, conforma un diseño eficiente para comprender varios códigos sociales y pautas culturales de aquella Galicia real que aparece en su novela. Cuando decimos real no queremos decir realismo social, aunque tenga cierta dosis de este.

Balzac quiso hacer un estudio novelado de la sociedad francesa de su tiempo y en parte se frustro la idea. En las novelas galdosianas encontramos una carga de realismo, fruto de la inventiva del propio Pérez Galdós que persistió en utilizar modelos demasiado estáticos para encasillar el protagonismo de ciertas clases sociales que tenían una funcionalidad dinámica e incluso una predisposición revolucionaria. Barnet es diferente, su “Gallego” proclama esa movilidad, no de una forma lineal, sino en zig-zag, incorporando elementos nuevos sin disgregar cada uno de los mensajes que el protagonista de la novela los jerarquiza cuando Manuel Ruiz cuenta sus propias historias en un lenguaje asequible a las circunstancias y a las emociones que desea transmitir.

Posiblemente en Manuel Ruiz podamos ver una cierta ingenuidad, por su edad, pero en todo caso no deja de ser el reflejo de la cultura rural gallega. Miguel Barnet ha captado fielmente esos momentos ingenuos que le impone a su personaje de ficción, pero también corrobora esa filosofía innata que nosotros los gallegos llamamos retranca y sobre todo cuando detrás de la ingenuidad y de la retranca surge el creador de muchas cosas que sólo la vida y la pobreza enseña. La creatividad siempre la propiciaron los más pobres y marginados, porque éstos siempre buscaron la huída de la ociosidad, y el pueblo gallego hizo muchas inventivas y una de ellas fue la retranca para reírse de todo y de uno mismo. Los pobres de la aldea gallega para subsistir tuvieron que inventar a solas y sin recursos sus propios artilugios, no para venerarlos sino para servirse de ellos; para que le fuesen útiles y funcionales. Este aspecto lo refleja muy bién Miguel Barnet a través de su personaje.

En la página 18, de esta novela, hay una disertación interesante del protagonista y que nos sitúa en varios parámetros de aquella Galicia mísera e irredenta. Aquí se fijan varias causas, entre ellas una en especial que preocupa a Manuel, la guerra de Marruecos. El temor de ir a Marruecos sin saber que intereses defienden aquellos jóvenes pobres es uno de los pavores que lleva en el cuerpo Manuel. La guerra de Cuba había dejado secuelas en Galicia. Pero es verdad que en aquella época había un sentimiento fuerte en Galicia de simpatía popular hacia la liberación nacional de Cuba. La simpatía de Manuel Ruiz hacia Cuba, en toda esa evocación del relato, viene dada por aquella opinión generada entre los pobres de aldea y los retornados de la guerra que muchos de ellos desertaron del ejército español y se pasaron al ejército mambís, como fue el caso de mí abuelo paterno.

En este primer capítulo de la novela se exponen una serie de conflictos generados en aquella Galicia de principios del siglo XX. Y Manuel pone énfasis al problema lingüístico, que supone ser uno de los graves problemas de identidad por los que pasa esta vieja nación celta. Aquí se plantea el idioma gallego en conflicto con el castellano; la deserción de muchos, sobre todo cuando se emigra y se acoge al idioma receptor, muchas veces por falta de conciencia y otras por puro complejo de inferioridad de las clases más pobres. En este sentido, dice literalmente Manuel: “Yo, que vine a los dieciséis como ya dije, puedo hablar en gallego como el primer día que llegué al puerto. La lengua está pegada al cerebro desde que oye uno a los abuelos y a los pobres. La mayoría de las veces cuando yo hablo para adentro me digo las cosas en gallego, las siento más”. Que precisión más pragmática la de Miguel Barnet al penetrar en lo esencial de un referente tan acusado como la lengua y al desdoblar el sentimiento de un gallego auténtico y generoso apelando al atributo más diferencial de un pueblo, como es la lengua. Miguel Barnet conoce muy puntualmente el conflicto lingüístico de Galicia entre el gallego y el castellano. El gallego es hablado por la mayoría de la población, su bastión ha sido el medio rural, el castellano lo hablan las clases dominantes, sobre todo aquellos que exhibieron su azote contra los asalariados. Al hablar de diglosia, en el caso gallego, estamos incidiendo en el conflicto de la lucha de clases y esto es algo fundamental en esta novela, cuando Manuel Ruiz reivindica su lengua nativa. Las clases dominantes gallegas siempre utilizaron el castellano como señas de identidad y predominio de una clase sobre otra. Cuando Manuel establece ciertas relaciones sociales con otro interlocutor, se le nota cierta complejidad o inseguridad, pero al final impone su dignidad de hablar su lengua nativa.

El personaje de Barnet, es fiel a su clase y por esto también lo es a su lengua. El problema del emigrante gallego cuando se hizo con dinero y cambió de estatus era un desertor de su idioma original, no en todos los casos. Por lo tanto, cuando Manuel evoca y defiende su lengua vemos que lo hace desde uno de los lados de ese antagonismo de clase, que enfrenta a los sin tierra y pequeños propietarios con las clases burguesas. Manuel Ruiz cuando habla de este conflicto diglósico manifiesta la interrelación de la lucha lingüística con la lucha de clases, al decir: “El gallego que ha olvidado su lengua es un mal agradecido y un traidor”. Ciertamente, un traidor a su propia clase. Reiteremos que Miguel Barnet capta y entra, discretamente, en el terreno de la diglosia de una manera empírica, para poner en boca del protagonista de su novela, Manuel, esa defensa tan valiente como necesaria en favor de nuestro idioma.

Miguel Barnet crea un espacio amoroso y erótico en el cual, Manuel, nos habla de sus relaciones con Casimira, una chica de su propia clase, en una frecuencia muy somera y pudorosa.

Hay también varios espacios, en esta novela, donde su autor propicia el cuento oral transcendido del mito ancestral. Barnet, fiel a su oficio de etnólogo, incorpora a su novela un mito que él sitúa en el pueblo de Manuel, sobre una serpiente que mama de las ubres de una vaca. La vaca que está encantada con la serpiente se aleja de la manada y en un peñasco le ofrenda al reptil su leche dejando a los pobres campesinos sin ella. Esta leyenda era un tópico muy extendido en toda la geografía gallega, pero un tópico funcional que de él se derivaban múltiples variantes de cuentos que lo relataban en el monte los pastores y alrededor de una hoguera nocturna, en la cocina. La que cuenta Manuel tiene una carga social, al explicar que los aldeanos mataron la vaca porque esta no producía ni leche ni trabajo.

El capítulo II, titulado: “La travesía”, Barnet utiliza este verso de Rosalía de Castro: “O mar castiga bravamente as penas”. El narrador recrea fielmente el espacio del hábitat aldeano de Galicia en el momento en que Manuel, a sus 16 años, decide salir de aquellos ambientes pobres y cargados de explotación, para mejorar su vida en Cuba. Se despide de los suyos y de todos los enseres de la casa. Comienza el desasosiego; la recomendación de los abuelos, los mensajes de los vecinos; los lamentos y plañidos. Dos o tres días antes del viaje a Cuba era habitual hacer una crónica de las cosas que dejaba. Algunos emigrantes iban a la tumba de sus ancestros; se despedían de las vacas que tanta ayuda les habían prestado en sus labores agrícolas. Esto se hacía y por eso Manuel confiesa: “Quería llevarme el recuerdo clarito de todo”. Vemos como el emigrante deseaba codificar su medio y sobre todo su casa, ese espacio natural donde ha compartido solidariamente más penalidades que felicidades. Así lo constata Manuel: “Mi casa no era grande ni linda, ni nada por el estilo, pero era mi casa, donde nací yo”. Con estas descripciones, Barnet nos introduce en una especie de ritual de despedida que existía pero también nos descubre, puntualmente, el amor del gallego por su microcosmo natural.

El escritor uruguayo, Eduardo Galeano, refiriéndose a “Gallego”, la novela de Miguel Barnet, dice: “Pero más allá del personaje y su peripecia, este libro es un homenaje y un entrañable desagravio a los miles y miles de gallegos que tantas veces han recibido desprecio a cambio del mucho amor y trabajo que nos han entregado”. Barnet, nos descarna todo ese patetismo que se cernía sobre la emigración gallega, en clave social. Su contribución es enormemente esclarecedora y realizada desde el lado receptor: Cuba. Además del gran logro literario que nos brinda con este peculiar testimonio, nos devuelve a los gallegos un reencuentro con la realidad lejana de la que tantas secuelas ha dejado la emigración.

Vigo era el inicio de la gran travesía atlántica, un puerto donde a diario se transportaba carne humana, con la complacencia del Estado español que se beneficiaba de este éxodo o sangría que tantas desintegraciones aporto a Galicia. Muchas veces los emigrantes desconocían el lugar geográfico a donde eran transportados y los duros trabajos que tendrían que realizar. En este sentido, Fernando Ortiz, en su libro: “Entre Cubanos (psicología tropical)”, hace la siguiente referencia a los emigrantes gallegos que trabajaron en el canal de Panamá: “Pero cada mes llegan unos mil obreros blancos al canal, gallegos e italianos en su mayor parte, que son los que están sobrellevando el trabajo casi en su totalidad”. La brutal explotación de los gallegos llevada a cabo por las compañías yanquis, en esta caso, fue siniestra, como todos sabemos.

El espectáculo en el puerto de Vigo no podía ser más asolador, en el relato de Manuel Ruiz. Es la crónica breve y puntual, llena de patetismo sobre aquellos braceros que iban ofrecer sus músculos y con cierta incapacidad de no hacer la revuelta o la revolución en su propio país. Sobre este aspecto, en otra viñeta de Castelao, vemos una enorme aglomeración de emigrantes en el puerto de Vigo y a pié de imagen coloca el siguiente texto: “En Galicia no se protesta, se emigra”.

El relato de Barnet esclarece, explícitamente, todo esa moviola de intereses, de corrupciones y mafias organizadas que buscaban y ofrecían a los emigrantes, no demasiado ilustrados, el oro americano; la riqueza fácil. Haciéndoles hipotecar sus minúsculos enseres. Los “ganchos” que llama Manuel a los agentes legalizados que operaban en los pueblos rurales que llevaban falsos catálogos sobre la colocación de los emigrantes en Cuba o en los países del cono sur americano y, también, falsas recomendaciones. Eran los gestores de un desorden y de una explotación consentida por el propio Estado que estaba bajo el poder de los Romanones, de los Mauras, de los Canalejas, de los Datos de los García Prietos y tantos otros que se sucedían a ellos mismos en el poder. Toda una trama caciquil que tenía sus agentes en los buques, donde algún corrupto de la tripulación, en combinación con los “ganchos” colocaba a polizones en las bodegas de dicho buque.

Manuel Ruiz, en su travesía atlántica, comienza a ver las cosas de otra manera, comienza a asimilar con pragmatismo la situación. Sin ser marxista y no entender mucho de la plusvalía, en el barco va descubriendo las contradicciones de clase y llega a esclarecer una toma de conciencia importante cuando habla del “paño bueno de los de arriba (de los que iban en primera clase, los indianos) y los de camisa de franela, pantalones de pana y zuecos (los que iban en cuarta clase, como él)”.

Cuando Manuel llega al puerto de La Habana se siente desprotegido y con miedo frente a la oscuridad, los truenos y el oleaje. Es aquí donde Miguel Barnet posiciona al lector en un punto álgido de tensión; propicia una atmósfera entre la metáfora de la propia vida y la simplificación del simbolismo de una tragedia que marca a Manuel para toda la vida. La gran audacia del narrador cubano es posicionarnos al lado de Manuel Ruiz en uno de los espacios más trágicos de los emigrantes indocumentados –que ahora en España llamamos, los sin papeles-. Manuel no era un indocumentado pero se solidariza con José Gundín, un polizón gallego que viaja en el mismo barco, víctima de los “ganchos”. Las autoridades del buque los apresan y como es sabido los introducen en aquel campo de concentración de Tiscornía. En este lugar vemos al adolescente Manuel sumergido en el dolor y en reflexiones existencialistas que le abren un sin fin de preguntas y fáciles respuestas, sobre aquel lugar donde se traficaba con carne humana y se vendían influencias.

Miguel Barnet, en este mosaico de contradicciones por las que pasa el protagonista de su novela, nos aproxima a la idea marxista de Manuel en lo que respecta a la confrontación de la lucha de clases. Tiscornia, para Manuel, es el espacio donde toma conciencia de su propia clase y con una dignidad invulnerable. En el momento de salir de este centro y escuchar de Benito, el chofer de la familia burguesa del Vedado, a donde iba Gundín, el recomendado, dejando a Manuel en la estacada. Éste ni suplica ni se humilla, impone su dignidad de clase buscando un trabajo y un techo por La Habana vieja. Aquí en Cuba, Manuel comienza a tener dos patrias, como en este verso de José Martí: “Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche”. La noche de Galicia, para Manuel no era la noche contemplada por Martí. Pero en realidad compartió dos patrias e los momentos más álgidos de la historia de Galicia y de Cuba. Participando en la Guerra Civil española al lado de la República y en Cuba integrándose en la Revolución.

Miguel Barnet, en “Gallego” va más allá de la cooperación de Xosé Neira Vilas y de asesorarse en varias publicaciones gallegas de Cuba. El perfil del emigrante que diseña Barnet en la representación de Manuel, va más allá del homenaje y de la constatación de unas circunstancias que ocurrieron en la historia del pueblo gallego. Esta novela rescata y memoriza la frustración y la tenacidad de sus protagonistas.

El protagonista de la novela “Gallego” de Miguel Barnet, lo podemos adherir al gallego José Martínez invocado por José Martí en un artículo de Patria, del 28 de enero de 1893, titulado: “José Martínez, “El Gallego”, que dice: “José Martínez era de lo muy pobre del mundo. Sus letras cabían en un puño, las pocas letras que pudo enseñarse, de codos en el mostrador, a la hora callada, o en la puerta de la casa ambulante, con el libro sobre las rodillas. Nació con alma propia, y desde su primera niñez buscó por sí el trabajo que por su cariño a Cuba le negaban sus compatriotas”.

Miguel Barnet le puso, también, alma propia a su Manuel Ruiz. No lo redujo a meros ajustes históricos de dos contextos diferentes, el cubano y el gallego. Esta novela no está estereotipada en función de cálculos narrativos o estilísticos. La situación en que Barnet coloca al protagonista de su novela, en este aposento tienen cabida todos los emigrantes gallegos cada unos con una historia diferente pero llena de dignidad.

Esa alma propia del gallego que menciona Martí y nos revela Barnet, también la encontramos en muchos indicativos reales de la gran tragedia emigratoria que soportó Galicia, desde tiempos de Felipe II hasta hace muy poco. Hay un libro biográfico publicado en Cuba, en 1998, de Maury Rodríguez Matos, titulado: “Estirpe de Leones”, cuyo protagonista central es un emigrante gallego, Manuel Pardo, natural de la parroquia de Nogueira de Miño municipio de Chantada en la provincia de Lugo. Manuel Pardo, pobre de solemnidad, emigra a Cuba en 1917, muy joven, viene semi-indocumentado y pasa por Triscornia. Una vez liberado trabaja en diversas faenas del campo para sacar adelante una familia numerosa. A todos sus hijos los integra en el proceso revolucionario de Sierra Maestra, y hoy forman parte ya de la historia heroica de Cuba.

Sobre Manuel Pardo quiero añadir algo sobre su espacio nativo de Nogueira, a orillas del río Miño. Las gentes labriegas de Nogueira que vivían especialmente de la agricultura vinícola, era un pueblo rebelde que tenía una enorme capacidad de luchar contra la injusticia de los poderosos. Cuando en 1936 triunfó el golpe fascista contra la República en Galicia, los de Nogueira hicieron una resistencia que durante un mes los fascistas no tomaron dicho pueblo. Por tanto es lícito pensar que Manuel Pardo salió de un entorno muy sensibilizado en la lucha social.

En uno de los congresos del Partido Comunista de Cuba, el Comandante en Jefe, Fidel Castro, hijo de un emigrante gallego, señalaba las aportaciones de los emigrantes de Galicia a la historia de Cuba. La novela “Gallego” de Miguel Barnet, confirma la memoria de cientos de miles de emigrantes gallegos que pasaron por peripecias parecidas a las de Manuel.

Retomando el texto de Eduardo Galeano, éste nos dice: “Miguel Barnet, certero escuchador, decidor de palabra clara, demuestra que el testimonio bien puede ser alta literatura. Nuestros países tienen una deuda pendiente con los miles y miles de emigrantes que han venido a tierras de América desde Galicia. Por mano de Miguel, aquí cuenta su historia un hombre de dos patrias, un cubano en cuya memoria no han cesado de resonar los airinhos de la aldea donde nació”.

Creo que Miguel Barnet saldo esta supuesta deuda, al contribuir con su enorme esfuerzo y colocar en un alto aposento, el de la dignidad y la solidaridad, a los emigrantes gallegos y no sólo a estos. Pienso que todo emigrante de cualquier rincón del mundo se ve reflejado en “Gallego”.