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10/12/2006
La herencia revolucionaria de Fidel Castro

Xosé Lois García
Introduciéndonos en la historia de Cuba y en la vida y acción de Fidel Castro Ruz, nos damos cuenta de ese cordón umbilical que une al pueblo cubano con el líder de su Revolución. Esa acción no está configurada ni por artificios ni por voluntarismos esporádicos. La presencia de heroicos hechos en la historia de Cuba nos remite al ideario de Fidel configurado por su pragmatismo dialéctico y por su praxis revolucionaria. Su conocida frase: “La Historia me absolverá”, pronunciada en el juicio del Moncada, el 16 de octubre de 1953, verificamos en ella una serie de matices que configuran ese contexto de la historia revolucionaria cubana. En aquel famoso juicio, Fidel respondió a la pregunta de quien era el mentor del asalto al Moncada, diciendo: “Martí es el autor intelectual del 26 de julio”. Posiblemente el sórdido tribunal no alcanzó a comprender la dimensión de esta frase rotunda y llena de un contenido político incuestionable. Fidel indicó en pocas palabras la presencia del ideario del apóstol de la independencia, José Martí, en aquella acción del Moncada.
La conexión entre la lucha de Martí por la independencia de Cuba y la acción revolucionaria de Fidel, en todas sus contingencias y dimensiones, se vinculan en una serie de temarios que unifican a los dos próceres. Sin duda, Fidel tuvo un sobresaliente aprendizaje en la obra de Martí y, también, en la acción que el fundador del Partido Revolucionario Cubano desarrolló en muy diversas contingencias en aquella Revolución que aspiraba a conquistar la libertad de los cubanos frente al colonialismo español. He aquí todo un referente de sugerencias invulnerables sobre la soberanía de Cuba.
El triunfo revolucionario de independencia en 1898 y la consolidación revolucionaria de 1959 tienen símiles que no se deben olvidar y menos desconfigurar. En los dos estadios revolucionarios observamos que no hubo exclusividad étnica (caso de las fuerzas mambisas) ni rechazo a la integración solidaria e internacionalista de dirigentes no cubanos como es el caso del general dominicano, Máximo Gómez, estratega en la lucha por la independencia, y del argentino Ernesto Che Guevara, heroico guerrillero de Sierra Maestra y protagonista en la liberación de La Habana bajo la dictadura de Batista en 1959.
La carta que envía Martí a Máximo Gómez en 1884, contiene un aleccionador mensaje revolucionario que no debemos olvidar en el momento de estudiar las acciones revolucionarias de Fidel. La misiva dice lo siguiente: “...cuando en los trabajos preparatorios de una revolución más delicada y compleja que otra alguna, no se muestra el deseo sincero de conocer y conciliar todas las labores, voluntades y elementos que han de hacer posible la lucha armada, mera forma del espíritu de independencia, sino la intención, bruscamente expresada a cada paso, o mal disimulada, de hacer servir todos los recursos de fe y de guerra que levante el espíritu a los propósitos cautelosos y personales de los jefes justamente afamados que se presentan a capitanear la guerra”. Estas palabras de José Martí nos llevan más allá de una estrategia militar y a la convicción de que no hay estrategia revolucionaria sin una fuerte dosis de humanismo revolucionario.
En los discursos de Fidel y en los escritos del Che quedan muy bien especificados estos valores humanistas de una verdadera Revolución en la que está involucrado el propio pueblo. Respecto a esto, Martí matizó el valor revolucionario en una carta dirigida en 1887 a José Dolores Poyo, en la cual dijo: “Y lo que más da que temer la revolución a los mismos que la desean, es el carácter confuso y personal con que hasta ahora se le ha presentado; es la falta de un sistema revolucionario, de fines claramente desinteresados, que aleje del país los miedos que hoy la revolución le inspira y la reemplace por una merecida confianza en la grandeza y previsión de los ideales que la guerra llevará consigo en la cordialidad de los que la promueven, en el propósito confeso de hacer la guerra para la paz digna y libre, y no para el provecho de los que sólo vean en la guerra el adelanto de su poder o de su fortuna”. Esta incuestionable dignidad revolucionaria tiene un valor sorprendente contra el oportunismo de aquellos que se involucran sin un ideario revolucionario y con la intención de mercadear con la Revolución.
Martí salió al paso sobre estos factores de riesgo y Fidel advirtió severamente en su discurso del 26 de julio de 1966, conmemoración del XIII Aniversario del Asalto del Moncada, al señalar: “Conciencia revolucionaria, cabalmente, no la poseemos ni los mismos hombres que hemos estado dirigiendo esta revolución. Ideas revolucionarias, intenciones revolucionarias, buenos deseos revolucionarios, pero conciencia revolucionaria, una verdadera cultura revolucionaria, una verdadera conciencia revolucionaria, muy pocos. Y esa masa, esa masa, fue adquiriendo conciencia en el proceso revolucionario, esa masa fue adquiriendo la cultura revolucionaria y la conciencia revolucionaria a través del proceso. Porque las masas lo que sentían era la opresión, lo que sufrían eran las necesidades, y tenían, todo lo más, una conciencia vaga de que algo andaba mal, una conciencia vaga de que era explotada, de que era preterida, de que era humillada”.
Sin duda, Fidel enmarca este proceso dentro de lo esencial del contexto martiano y es así como la autocrítica se hace necesaria delante de ciertas incomprensiones. A Fidel siempre le apasionó el debate, la beligerancia de un debate abierto y sin paradigmas y, también, exento de politiqueos desordenados que confunda al pueblo. La Revolución es el más noble ejercicio del ser humano y, en este caso, Fidel siempre incidió en la Revolución mental, la que es capaz de transformar al vetusto y alienado hombrecillo en hombre nuevo. En este aspecto, todos sabemos el alto grado de este significado y lo que significa en el concierto de la ideología marxista.
La ideología como necesidad revolucionaria la vemos harmonizada científicamente en los más diversificados parámetros de la dialéctica fidelista. Por tanto, no hay lugar para la improvisación y pocas son las dudas o las vacilaciones que pudiésemos admitir en sus discursos revolucionarios. Aún resuena ese impacto exclamatorio sobre la ideología de un revolucionario socialista como Fidel, en el II Congreso del Partido Comunista de Cuba, al significar: “Ideología es ante todo conciencia; conciencia es actitud de lucha, dignidad, principios y moral revolucionaria. Ideología es también el arma de lucha frente a todo lo mal hecho, frente a las debilidades, los privilegios, las inmoralidades. La lucha ideológica ocupa hoy para todos los revolucionarios, la primera línea de combate, la primera trinchera revolucionaria”. Y las trincheras revolucionarias en Cuba tienen un significado basado en la dignificación de un pueblo, con un largo aprendizaje y de significada proyección en la lucha contra las humillaciones impuestas por el otro.
En 1823, el quinto presidente de los Estados Unidos, James Monroe lanzó al mundo su lapidaria frase: “América para los americanos”. Todos sabemos para qué clase de americanos era esta escueta advertencia imperialista. Desde entonces, parece que su dedo pulgar fuese disecado y erigido para fustigar y amedrentar al Sur americano con dicha advertencia. Y el primero en implorar desobediencia fue Martí, al señalar de una manera muy sutil: “Impedir que las simpatías revolucionarias en Cuba se tuerzan y esclavicen por ningún interés de grupo, para la preponderancia de una clase social, la autoridad desmedida de una agrupación militar o civil, ni de una comarca determinada, ni de una raza sobre otra”. Este es uno de los textos más rotundos y clarificadores de un revolucionario de la estirpe de José Martí. Así aconteció, desde 1902 a 1959 los intereses nacionales de Cuba estuvieron dirigidos por el dedo de Monroe, y todos conocemos la historia de un poder foráneo imponiendo frustración a un pueblo que había conquistado su independencia. Pero si Cuba había conquistado su independencia también había admitido la dependencia económica y cultural por la imposición de los vende pueblos, como Tomás Estrada Palma y su camarilla.
A todo esto tenemos que añadir una tenaz resistencia bajo el ideario de Martí. El asalto al cuartel Moncada (1953) confirma que una nueva generación de cubanos hizo tambalear el dedo de Monroe y obligarlo a cambiar de dirección. En este nuevo escenario surge el dirigente Fidel Castro haciendo cumplir el legado de Martí, con otro rol adaptado a una nueva era donde las experiencias del neocolonialismo y de la burguesía intermedia obligaban a frustrarlas y derrotarlas. Una nueva era vino a lacerar al imperialismo en Cuba. Por tanto, América Latina tenía una referencia para su liberación en los nuevos acontecimientos de 1959 en la isla caribeña. Fidel fue capaz de crear condiciones al verificar el tiempo y el espacio, aprovechando las circunstancias favorables. Estas circunstancias las advierte Jean Paul Sastre, en sus crónicas de Cuba, tituladas: “Huracán sobre el azúcar”: “Cuba quiere renunciar a su economía colonial, y eso quiere decir que, a las estructuras clásicas del subdesarrollo (industrias de extracción con grandes inversiones extranjeras, producción agrícola), el Gobierno se propone añadir un sector esencial desarrollando las industrias de transformación”. Por tanto, Fidel es contundente en la estratificación de crear nuevas condiciones que vulneren y liquiden el viejo sistema de explotación colonial y de clase.
En este sentido, tenía razón Carlos Marx, al señalar en “El dieciocho brumario de Luis Bonaparte”: “Los hombres hacen su propia historia pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y trasmite el pasado”.
Este texto de Marx clarifica perfectamente el alcance del pasado revolucionario cubano como se entrelaza y alecciona la Revolución de 1959. En este sentido, el pensador y revolucionario cubano, Carlos Rafael Rodríguez, señaló: “Si Martí, en los albores del socialismo, había sido capaz de apreciar la riqueza humana y social de Carlos Marx, para la que estaban aún ciegos tantos dirigentes políticos e intelectuales en los finales del pasado siglo; si Mella comprueba en la jefatura del movimiento estudiantil la necesidad de buscar en el proletariado una base de acción cada vez más sólida; Fidel Castro, hijo de terrateniente, discípulo de los jesuitas, pero imbuido de un sentido de justicia que se expresa ya, como él ha narrado, en la órbita familiar infantil, y crece a la medida que la escena se le va agrandando, tenía que descubrir tempranamente el filo revolucionario y el sentido humano y social de las teorías de Marx”.
Es verdad que José Martí ya tenía insinuado las bondades y voluntades de Marx en favor del proletariado, de una forma benévola más que de tomar decisiones para que sus teorías fueran asumidas por el Partido Revolucionario Cubano. Es verdad que el proyecto de este partido estaba en la fase de lucha de liberación nacional. El 29 de marzo de 1883, desde Nueva York, Martí escribe un artículo para “La Nación”, del cual extraemos estos fragmentos: “Karl Marx ha muerto, como se puso del lado de los débiles, merece honor. (...) Karl Marx estudió los modos de asentar al mundo sobre nuevas bases, y despertó a los dormidos, y les enseñó el modo de echar a tierra los puntales rotos. (...) Karl Marx es llamado el héroe más noble y el pensador más poderoso del mundo del trabajo”.
La Revolución cubana a partir de 1959 entra en una serie de fases, en la década de los sesenta, que determinan la ruptura escalonada con el sistema de dependencia capitalista y, a partir de aquí, un nuevo modelo social se estructura para consolidar una sociedad sin clases. En estas contundencias, Fidel no insinuó caminos o vías hacia el socialismo fotocopiando o homologando otras experiencias revolucionarias sino que concurrió a las necesidades existenciales de los cubanos para recuperar y poner en orden los recursos que estaban siendo expoliados con el fin de dar viabilidad a un cambio estructural y revolucionario, aboliendo la explotación de una clase sobre otra. Aquellas actitudes de comandar una nueva acción combativa contra los terratenientes y dar a los campesinos las tierras por medio de una radical reforma agraria es en donde se consolidaron las credenciales más poderosas del posicionamiento revolucionario. Otro de los procesos revolucionarios más visibles fue la de combatir el analfabetismo en una sociedad, en los umbrales de 1959, que en su mayoría estaba sin escolarizar y el índice de analfabetismo era increíblemente alto.
Todas estas configuraciones en devolver la soberanía al pueblo, creó amenazas que se convirtieron en sabotajes y en actitudes antirrevolucionarias. Pero el verdadero revolucionario ya sabía de antemano que los poderes fácticos reaccionarios harían todo lo posible para volver al antiguo predominio del poder de privilegios. Y Fidel advirtió en aquel discurso del 28 de mayo de 1959, durante la inhumación de los restos de los expedicionarios del Corinthia, en el cementerio de Colón, lo siguiente: “...esta es una Revolución verdadera, que por ser verdadera, forman ya una legión sus enemigos, los eternos enemigos de los pueblos, los eternos explotadores de los pueblos; que por ser una Revolución verdadera, seguirá adelante, y que esta Revolución serena y generosa, pero firme, no dará un paso atrás, no dará un solo paso atrás porque tomamos muy en serio los deberes para con la Patria, tomamos muy en serio los deberes para con la Revolución”.
El pragmatismo de Fidel no admite vacilaciones ni lecturas gratuitas frente a unos hechos consumados. El pueblo cubano sabía de lo que hablaba el Comandante en Jefe. Después de lo de Playa Girón y Bahía de Cochinos y de los sabotajes a granjas colectivizadas y a escuelas, asesinando a profesores y alumnos, el pueblo cubano comprendió la firmeza de Fidel. Frente a estos desmanes la acción revolucionaria supo desarrollar y activar varios frentes y dispositivos de autodefensa popular con el fin de salvaguardar la Revolución y ampliar las vías al socialismo. Aquí empieza un cambio cualitativo, armonizado por esos valores y sentimientos de crear el hombre nuevo y de restaurar la dignidad negada.
En aquellos inicios de la consolidación revolucionaria, Fidel insistió en dos factores importantes para no frustrar las vías al socialismo como son el sentimiento y la sensibilidad por lo colectivo y, con ello, superar las ambiciones personalistas. Es aquí donde radica el sentimiento de la lucha revolucionaria con la necesaria firmeza de superar contradicciones. Esta especie de mística revolucionaria, donde los sentimientos y las sensibilidades se conjugan, la debemos entender en aquellos convencidos revolucionarios del Granma, convertidos en combatientes en Sierra Maestra. Tanto Fidel como el Che nos dejaron lecciones de amor y de renuncia a los intereses personales. Un nuevo humanismo saltaba a la palestra, y que era el prototipo de un árbol de profundas raíces, de tronco robusto y de hojas tiernas y resplandecientes.
En estos parámetros humanistas, Fidel es uno de los revolucionarios que más énfasis ha puesto en el tema que cada cubano debe pensar por si mismo. José de la Luz y Caballero dijo del pensador y presbítero Félix Varela: “el que nos enseñó a pensar”. Armando Hart Dávalos, concluyó: “Podríamos afirmar hoy que el maestro del Colegio El Salvador fue el que nos enseñó a conocer y Martí el que nos enseñó a actuar. Fidel, heredero de esta historia, nos ha enseñado a vencer”. La acción de Fidel, ante el nuevo rol revolucionario, fue la de crear condiciones para edificar el socialismo. Y toda la vanguardia revolucionaria puso su énfasis en que el pueblo cubano tenía que ponerse a pensar, a inventar procedimientos lógicos para desarrollar su Revolución socialista. El propio Hart enfatiza este hecho, al señalar: “Pensar, conocer, actuar y vencer, he ahí la clave y ello solo es posible si partimos de que “el decreto de lo humano” está en la facultad de asociarse. Pensamiento martiano comparable a lo que Carlos Marx en los Manuscritos filosóficos afirmó acerca de que el sujeto se hace objetivo en su relación con los demás sujetos”.
Por tanto, la Revolución cubana fue sensible a la recepción de pensamiento, a la libre expresión como elemento de transmisión y de conocimiento que amplió el debate para que la Revolución no se anquilosase. Pensar, por supuesto, es crear. Y sin ese esfuerzo de creación Fidel y su pueblo no serían capaces de afrontar los acontecimientos que las fuerzas reaccionarias imponían a Cuba y de prever los acontecimientos inmediatos. En todo ese proceso histórico, desde 1959 hasta la actualidad, el pensamiento ha sustituido a la improvisación que pudiese existir en los momentos más delicados de la historia revolucionaria en Cuba. Una Revolución sostenible y llena de contenidos supo resistir en los momentos más difíciles y sin replegarse o cambiar de horizonte.
¿Qué mayor sabotaje para un pueblo al estar bajo los efectos de un bloqueo qué dura varias décadas? Esta realidad ha frenado muchas de las aspiraciones que la Revolución tenía en proyecto y aunque ese proyecto no se ha frustrado si que se ha aplazado, porque Fidel supo definir las prioridades en cada momento con la respuesta precisa de un buen pensador revolucionario. En cierta ocasión, el Comandante en Jefe dejo claro lo siguiente: “El bloqueo es el arma más innoble: se aprovecha de la miseria de un pueblo para someterlo por hambre. No aceptaremos eso. Nos negamos a morir en esta isla sin alzar un dedo para defendernos o para devolver los golpes”.
Este mensaje, conciso y de resistencia, nos lleva a pensar que Fidel y sus compañeros de lucha asumieron un lúcido pragmatismo de resistencia para responder contundentemente a cualquier posibilidad de que el bloqueo evidenciase desunión y provocase fisuras. La contundencia de ese comportamiento innoble y orientado por los dirigentes políticos de los Estados Unidos es una de las agresiones mas repugnantes contra un pueblo que detesta de ser satélite del monstruo imperial porque muchos de los cubanos pueden repetir la famosa frase de Martí: “Conozco al monstruo porque viví en sus entrañas”.
La Cuba de hoy tiene motivos para estar orgullosa, por conservar su soberanía nacional y por no dejarse subordinar al gran gigante del Norte. Este orgullo y esta convicción se le debe a su propia fuerza y convicción revolucionaria; a estar en cada momento en las diversas trincheras resistiendo injurias, bloqueos e insidias. Fruto de esta resistencia se debe al activo de pensar. El propio Fidel siempre incitó a su pueblo a pensar con datos y estadísticas y rechazar vagas elucubraciones que impidiesen un desarrollo pragmático de la Revolución.
La Revolución cubana ha incrementado en Latinoamérica pasiones en las masas más pobres y humilladas; cambio de actitudes políticas, revoluciones frustradas por la ingerencia capitalista y otras en curso. Es decir, la Revolución de Fidel sigue siendo un referente para cambiar espacios de opresión por otros de libertad y soberanía para los pueblos que la padecen.
Si reflexionamos sobre Latinoamérica, nos encontraremos con dos personalidades de profundo protagonismo en su historia. Nos referimos a Simón Bolívar y a Fidel Castro. Bolívar fue capaz de liberar Suramérica del nefasto colonialismo español, encarnado por el déspota Fernando VII. Bolívar conquisto la soberanía de los diversos pueblos de América del Sur, pero lo que no realizó fue terminar con las oligarquías clasistas y opresoras que predominan hasta hoy. Fidel es el liberador de la clase oprimida en un país del hemisferio americano y ha construido un enorme legado de referencias para los pueblos oprimidos. Dos grandes próceres de América encarnan puntualmente un espacio y un tiempo diferente pero que se relacionan entre si. Liberación nacional (Bolívar) y liberación de la clase obrera y campesina (Fidel). Dos consolidaciones primogénitas que modelaron un nuevo panorama en la América de los siglos XIX y XX.
La obra e Fidel Castro, como dirigente de la Revolución cubana, es respetada y referenciada en toda la urbe, porque inspira confianza en un mundo que todavía no ha resuelto sus precariedades. Y esta simpatía está muy por encima de sus detractores. Sobre este tema quiero reproducir las palabras del poeta catalán, Salvador Espriu, nada sospechoso de izquierdismo, en una entrevista que le hice y se publicó en 1974. A la pregunta de que opinaba de Fidel Castro, Espriu me respondió: “No estoy a favor de las críticas que se hacen contra Fidel Castro, es más importante su obra y su personalidad que la de todos sus detractores. Cuando se hace una Revolución hay que ayudarla y no entorpecerla”.
Fidel Castro ha pasado el umbral de los ochenta anos, Cuba conmemora su cumpleaños y, en ellos, los avatares y las conquistas del hombre de ininterrumpida coherencia. Con los cubanos están millones de personas de todos los hemisferios del globo pensando en su obra y en su gran lección que ha dado a los oprimidos del mundo y que continuará haciéndolo por largo tiempo.
17/12/2006
Pablo de la Torriente Brau en la historia memorizada

Llega a su fin el llamado "Año de la Memoria Histórica" (permítase la redundancia entre memoria e historia) en que se recuerda el inicio de la Guerra Civil española (1936-1939) y se conmemoran las gestas de aquellos hombres que lucharon por la libertad y en favor del gobierno legítimo de la II República y contra el fascismo. Un año que ha habilitado el recuerdo de volver a la contundencia de los hechos; en abrir el debate a nuevas generaciones con la presencia mermada de los que lucharon en las trincheras y los que perfilaron un espíritu combativo frente a la intolerancia fascista, con el deseo de acabar con aquella "España de charanga y pandereta".
En este memorando hay cientos de miles de nombres de combatientes y represaliados por el franquismo. En este recordatorio la memoria incide en Pablo de la Torriente Brau (San Juan de Puerto Rico, 12 de diciembre de 1901-Majadahonda (Madrid), 19 de diciembre de 1936), el joven cubano que vino al frente de Madrid a combatir el fascismo perdió su vida. Cercanos ya al 19 de diciembre tenemos que recordar a este revolucionario cubano que puso todo su talento y acción en favor de una causa noble como era la libertad de los oprimidos de España y frenar las diversas corrientes fascistas que habían escogido a España como escenario de mayores aventuras bélicas. Pablo de la Torriente pertenecía a aquella generación de jóvenes concienciados y bregados en la lucha contra la dictadura de Gerardo Machado en Cuba que pasaron a ser reprimidos, encarcelados y exiliados.
De la Torriente estaba en la nómina de los aparatos represivos cubanos, por ser un luchador contra las tiranías de los Machado y de los Grau. Hablamos del período de 1933-35, cuando en Cuba se promovían las huelgas bajo el auspicio del movimiento estudiantil. Aquel período fue el precursor de una conciencia y de una consolidación que nos alecciona bastante bien sobre el triunfo de la Revolución cubana de 1959.
Todos estos acontecimientos contribuyeron a que Pablo de la Torriente huyera de Cuba y se refugiase en los Estados Unidos (1935). En Nueva York le sorprende la noticia del inicio de la Guerra Civil española, el 18 de julio de 1936. Él conocía España, de chico viajó a Santander con su padre, dado que su abuelo formaba parte de aquella saga familiar de los de la Torriente cántabra. España no solamente era una referencia familiar para Pablo sino que aquellas impresiones de infancia con la gente montañesa, pobre y solidaria que compartía sus pocos enseres que tenía le estimuló a defenderla. Y esto se venía a sumar a su ideología marxista, motor de sus acciones e inquietudes.
La toma de decisión de Pablo de la Torriente de participar en la Guerra Civil española, en sus primeros momentos, fue sólida después de escuchar un mitin en Unión Square en el cual se pedía apoyo y reclutamiento para intervenir a favor de la República española. En aquel entonces el estaba en los Estados Unidos y no era fácil desde allí trasladarse a España por su estatus de refugiado. Pablo era un reconocido y ardiente periodista, a quien se le debe numerosos artículos sobre acontecimientos políticos y sociales por los que pasaba Cuba. En este caso, él buscó una credencial que le posibilitase su traslado a España y la consigue como corresponsal de guerra de la revista "New Masses" de Nueva York, del periódico "El Nacional" de México y de "El Machete", órgano del Partido Comunista de México.
La toma de decisión la manifiesta con estas palabras: "He tenido una idea maravillosa: me voy a España a la revolución Española". No dice me voy a la guerra sino a la revolución. Y esto nos aclara mucho sobre la motivación ideológica de Pablo de la Torriente. La guerra era un medio para ganar la revolución. La mayoría de los españoles que participaron en aquella conflagración hablan de guerra y muy pocas veces de revolución. Pablo de la Torriente conocía los términos y los valores y así los matizaba coherentemente, como podemos ver en sus cartas y artículos, que envió a los citados periódicos y, en los cuales, hizo mucho énfasis en el proceso revolucionario que se vino gestando en todo el período preguerra de la II Republica y que durante la confrontación se promocionaron los valores revolucionarios para contrarrestar el fascismo en sus diversas direcciones.
Pablo de la Torriente fue uno de aquellos participantes solidarios que se incorporó muy prematuramente a la primera línea de combate. Sale de Nueva York el 1 de setiembre de 1936 y el 24 del mismo mes se integra a aquel "No pasarán" del heroico frente de Madrid, a uno de los regimientos más duros y combativos como fue el comandado por Valentín González, El Campesino, donde Pablo de la Torriente fue comisario político. En todo ese período que va del 24 de setiembre al 19 de diciembre, fecha de su muerte -como ya queda señalado-, descubrimos a ese joven de treinta y cinco años en sus más extraordinarias dimensiones como un hombre de pensamiento. Más allá del político y del estratega militar encontramos al hombre de cultura y al apasionado de ganar la guerra para poner en práctica la revolución. Su espíritu combativo parte de aquel humanismo y de aquel aprendizaje martiano muy presente en todas las batallas dialécticas que se produjeron en Cuba, su pensamiento lo hay que entender desde este parámetro.
Si nos detenemos en su libro: "Peleando con los milicianos", publicado en Cuba en 1962, con un excelente prólogo de Juan Marinello, nos damos cuenta que esas 252 páginas de lo que son las cartas enviadas y los artículos periodísticos publicados abren un camino informativo y de interpretación que pocos periodistas o cronistas de guerra han revelado con la nitidez como lo hizo Pablo de la Torriente. Él supo orientar en dos direcciones su misión de periodista y de combatiente. Y no es fácil separar y, al mismo tiempo, conjuntar estos dos parámetros con la lucidez que observamos en sus escritos. Naturalmente, él buscó la noticia; dio la noticia de los acontecimientos in situ, pero también los dimensionó porque él participaba del desarrollo de los mismos. Por supuesto que supo crear noticia en un horizonte nuevo como era el espacio bélico en la Sierra de Guaderrama, donde el estaba a las órdenes de Paco Galán el jefe de la brigada.
La naturaleza de su periodismo de contienda tendría un cambio cualitativo al que no estaba acostumbrado en Cuba y en Nueva York. El escenario le obliga pero no lo domestica y sus escritos parten de valores ideológicos. Pablo de la Torriente era marxista y esto se nota en el momento de concretar los hechos y las circunstancias que se desencadenaron. Queremos decir que en sus cartas como en sus artículos observamos que es una persona muy minuciosa y que lo que escribe no lo hace al estilo de crónica de guerra, como era habitual en periodistas normales que cubrieron la información de la Guerra Civil española. No en todos, pero una gran mayoría incurría en ese modelo de información cerrada.
De la Torriente, además de fornecer de alma nueva a la noticia propició en ella lo concreto de lo vivido y observado y estableció un diálogo con los hechos, no para provocar al lector sino para situarlo en un escenario obligadamente el que él concibe y le interesa divulgar lo concreto de aquella lucha. Las cartas y las crónicas de Pablo de la Torriente mantienen vivo su pragmatismo que nunca cercenó la veracidad de los acontecimientos ni se dejó llevar por la pasión personal o por una euforia de circunstancias. Como buen revolucionario entabla dos batallas, una contra el fascismo y otra contra el tiempo. Intenta no dejarse atrapar por ninguno de ellos. En una de sus cartas, señala: "Trabajo sin descanso. Me sobran energías, pero me falta tiempo. Debía prolongarse el tiempo, aunque fuera por un decreto revolucionario". Con creces supero estas precariedades y aventajó al reloj. Y todo esto se debe a un espíritu encendido que buscaba las cosas para entender su lenguaje y asumir su propio respiro.
Lo que nos fascina de Pablo de la Torriente es su fecunda y acelerada traslación para escudriñar los acontecimientos y, sobre todo, la manera de concurrir a las fuentes originales que fomentaban información. En una guerra es frecuente llegar a las fuentes de información desde su rango de comisario político. Pero estamos ante un comisario político muy especial y mentor de otros procesos que experimentó en Cuba. Todo esto le dio gallas para alcanzar otras vicisitudes que necesitaban los medios de información a los que él enviaba sus noticias. En aquella incontinencia de buscar y transmitir la realidad, Pablo de la Torriente fue el periodista que supo concretarse en cada uno de los factores que la materia periodística requería, en función de los acontecimientos que se desarrollaban en el cerco de Madrid.
Pero la guerra no sólo es el componente necesario que él necesitaba para avanzar ante el enemigo. A todo esto, antepone la revolución como fuerza motriz de una ideología y en su radio de acción hace un exponente básico para no limitar todo en función de la acción bélica. Para luchar había que tener conciencia de clase y para ello había que estimular a aquellos campesinos reclutados, en gran mayoría analfabetos, para que estuviesen a la altura de saber que el verdadero motor de aquel fusil que empuñaban era la ideología. En efecto, cultura y combate fueron de la mano en todos los frentes republicanos. Entre los comunistas había un enorme entusiasmo para que el fusil conviviese con los libros. Pablo de la Torriente era un combatiente con enorme predisposición en alentar la lectura, el debate y otras expresiones culturales.
En Pablo de la Torriente observamos el fervor y la inquietud por interrelacionar el proceso de combate con el proceso cultural. Y en el frente de Madrid hizo los posibles por encontrarse con Rafael Alberti, María Teresa León, José Bergamín, Lorenzo Varela, Antonio Aparicio y tantos otros intelectuales fieles a la República. Se encontró, también, con el gallego-cubano, Lino Novás Calvo, uno de los grandes narradores que dio Cuba y que se encontraba defendiendo la causa del Frente Popular. Lo más prodigioso de estos contactos es el encuentro que tiene Pablo de la Torriente con un joven pastor de ovejas de Orihuela de veintiséis años, llamado Miguel Hernández. El descubre su enorme talento y lo lleva para su brigada como comisario cultural. Pluma y fusil hermanados. La épica de una gestión cultural de enorme calado empieza a dar sus frutos. Miguel Hernández, ese enorme poeta del pueblo, en aquellas circunstancias, escribe, recita y dinamiza un nuevo ambiente que se manifestó en la creación de boletines y otros escritos que se distribuían en el frente.
Algunos de los biógrafos de Miguel Hernández apuntaron que uno de los grandes mecenas en descubrir a éste gran poeta, en el campo de batalla, fue Pablo de la Torriente. En una de sus cartas, escribe: "Y ayer tuvimos dos reuniones importantes en el cuartel: una fue una reunión de todos los oficiales de la brigada, tomándose importantes acuerdos sobre la disciplina, organización, etc., y la otra una función que improvisamos en la nave de la iglesia, con la colaboración de María Teresa León, Rafael Alberti, Antonio Aparicio, Emilio Prados y Miguel Hernández, y en lo que participaron también varios milicianos y milicianas". Y seguidamente señala: "Por otra parte, tenemos unos cuantos discos entre los que hay alguna rumba. Hay que divertir al hombre en la guerra; hay que hacer que se olvide de ella, cuando por casualidad, como ahora, se nos ha dado la oportunidad de un relativo descanso. Y a parte de todo esto, hemos dotado a cada compañía de un maestro, con una campaña intensiva para que todo el mundo sepa firmar el próximo pago. Y muchos están aprendiendo ya a leer y escribir".
Son muchos los registros que revelan al combatiente inquieto que le apasionaba encontrar la verdad de los otros desde su praxis revolucionaria. Desde el primer momento en que se integra en la batalla contra el cerco de Madrid le interesa propiciar el hombre nuevo, como fruto del proceso revolucionario, ético y cultural que se estaba desarrollando. Esta reafirmación es uno de los códigos de conducta que revela, con entusiasmo apasionado, sus ansias por cambiar la historia de un país, como España, que en muy diversas circunstancias los poderes fácticos no contribuyeron a mejorar a proletarios y a campesinos que, contrariamente, los explotaron y los discriminaron secularmente.
Pablo de la Torriente se incorporó a esa solidaridad con aquel pueblo humillado y vio la oportunidad que aquellos "parias de la tierra" eran capaces de romper sus cadenas. En su libro: "Peleando con los milicianos", señala: "Salen los niños en los grandes "buses", cantando, alegres, agitando sus banderitas rojas. Nadie piensa que muchos no tendrán padres. Y nadie lo piensa, porque la revolución es la madre de todos; ella parirá, con más sangre y dolor que ninguna madre, un pueblo nuevo".
Estos testimonios revelan al luchador emergente en su espacio colectivo donde no hay cabida para lo individual. Pablo de la Torriente ha entendido muy bien el mensaje de Marx y Engels, para superar al ser individualista. Pero también sorprende su mensaje nuevo al hablarle a las masas con un lenguaje cercano, legible y de convencidas contundencias. No bastaba estar en el frente para disparar y escribir, había que conectar con el pueblo para incorporarlo a la causa revolucionaria, como muy bien señaló: "El día 2 de este mes -se refiere al mes de diciembre- fui, en unión de dos oficiales y de Miguel Hernández, a dar un mitin a Mejorada del Campo, con el fin de hacer propaganda de reclutamiento".
En esos escasos tres meses de permanencia en el frente parece que todas sus actividades eran imposibles de ejecutarlas en tan poco tiempo como él lo ha hecho y, también, nos sorprende su movilidad de profundo calado, ejerciendo como periodista y entrevistando a muy diversos mandos superiores del ejército republicano, a estadistas a intelectuales y hombres de letras. Hizo prevalecer su opinión sobre la táctica a realizar en no muy pocas acciones en el frente.
Es extraordinario ver como este intelectual cubano fue capaz de transformarse y de proceder, en cada circunstancia, de una manera exigente y en función de lo que en cada momento la realidad reclamaba. En este sentido, creó espacios revolucionarios para ser habitados y dirigidos, no de una forma de suplencia o de interinidad sino con una firmeza poco habitual. Pablo de la Torriente fue un revolucionario no un guerrero, en el sentido clásico de la palabra, y su motivación, en función de los hechos expresados y consumados, lo vemos actuar como un enorme ideólogo marxista, estimulado por la acción revolucionaria y, con aquel espíritu abierto a las contundencias, llegó a ser un enorme combatiente a favor de la revolución deseada. Aunque la guerra fue para él un medio, hacer triunfar la revolución era su fin.
En aquella revolución, en la cual creían y actuaban los mejores combatientes que se batieron con los fascistas, Pablo de la Torriente fue uno de los que mejor encarnó el internacionalismo proletario, con rigor y lealtad, juntamente con aquellos que vinieron auxiliar al Frente Popular. De la Torriente, representó, también, la sabia joven de aquellos brigadistas internacionales que apostaron por la revolución en España. Muchos de ellos encontraron la muerte en los frentes de guerra y otros sobrevivieron siendo fieles a aquella conducta de solidaridad y de estar al lado de los que deseaban cambiar "A España toda,/ la malherida España, de Carnaval vestida/ nos la pusieron, pobre y escuálida y beoda,/ para que no acertara la mano en la herida". Estos versos de Antonio Machado personifican, puntualmente, la tragedia de un pueblo sometido y alienado que aspiraba a liberarse, como bien expresan estos otros versos machadianos: "Mas otra España nace,/ la España del cincel y de la maza,/ con esa eterna juventud que se hace/ del pasado macizo de la raza./ Una España implacable y redentora,/ España que alborea/ con una hacha en la mano vengadora,/ España de la rabia y de la idea".
En las páginas de "Peleando con los milicianos" se agranda y se verifica aquella idea de la España escuálida de Machado que el propio Pablo de la Torriente apostó por la liberación de sus hermanos españoles, con rabia y con idea. Una idea que no estaba acondicionada a ningún privilegio personal. Por eso es que, para nosotros, la lucha y la muerte de Pablo de la Torriente Brau no puede ser nunca una curiosidad sino una referencia. Una apuesta por la verdad y por la utopía. El sueño utópico que los cubanos heredaron del carácter ibérico, puesto en escena y en trance, al entregar la vida por la causa de los que aspiraban a terminar con la explotación colectiva.
El escritor Lino Novás Calvo y el poeta Antonio Aparicio nos describen el impacto de su muerte en Majadahonda, aquel 19 de diciembre de 1936. Lino señala algo conmovedor: "Los camilleros le habían recogido al pié de la loma por la cual se habían descolgado los fascistas, lo velaban arrimados a sus varas. Semejaban una guardia de labriegos, erguidos, taciturnos, oscuros, tristes y silenciosos". Este ceremonial de silencio estaba presidido por el comisario de cultura de la brigada del Campesino, el poeta Miguel Hernández. A Pablo se le entierra en el cementerio de Chamartín el 23 de diciembre. Fue embalsamado con la idea que en la toma posible de dicho cementerio, por los fascistas, su cuerpo sería ultrajado y esto permitió que a principios de 1937, los cubanos que estaban en campaña y auspiciados por el también cubano Lelio Álvarez, lo trasladasen al cementerio de Montjuic de Barcelona, con la idea de llevarlo a Cuba. Allí estuvo en el nicho 3772 hasta la toma de Barcelona (1939) por los fascistas, y sus restos fueron depositados en una fosa común. Este nicho, fue un lugar de encuentro de cubanos que luchaban en los frentes de Cataluña y por españoles, para venerar y honrar al heroico revolucionario.
En este año de la memoria, Pablo de la Torriente Brau, después de 70 anos de su muerte, tiene un lugar prodigioso y un aposento altivo en la historia de España, dado que su acción y su obra, nos sirven para el reencuentro de ideas entre las gentes de las dos orillas del Atlántico. Leer a este periodista, intelectual y revolucionario nos llevará siempre a entender que la solidaridad no permite fronteras

